Cada
día descubres, en tu microcosmos más inmediato, pequeñas infamias que te hacen reflexionar
acerca de un determinado “modo de ser” (eso es, precisamente, la definición de
ética); de un modo de ser viciado.
He aquí la pequeña infamia pública: Ayer tuve que desplazarme
a la Terminal T-4
del aeropuerto de Barajas. Nada más sencillo y lógico que seguir las
indicaciones en la vía pública ¿verdad? En un momento determinado la carretera
se divide en dos: el cartel que indica giro a la izquierda marca las terminales
T-1, T-2 y T-3; la señal que indica giro a la derecha marca la terminal T-4. Como
yo voy a la T-4 señalizo y giro a la derecha. A los pocos minutos, siento que estoy
dando un gran rodeo por un páramo inhóspito hasta que súbitamente - y sin
posibilidad de dar marcha atrás - me veo enfilado a una autopista de peaje. Cuando
el cartel anuncia el peaje, ya no hay alternativa. Hay que seguir avanzando. Yo
no quiero ir a la T-4 por una autopista de peaje, pero la señalización vial me
ha forzado a hacerlo. Como pienso que he podido cometer un error (no viendo
alguna otra indicación), pregunto al empleado de la cabina de peaje cómo es
posible que habiendo seguido la señalización “A la T-4” haya terminado en éste peaje.
Su
respuesta estereotipada me recordó a las máquinas de las gasolineras: “Todos los conductores se quejan de lo mismo.
Reclame usted. Muchas gracias por su visita” (éste último comodín es el que
puso a prueba mi amor por la “no violencia”). Ya está. Todo solucionado. ¡Reclame
usted el pago indebido de 1,5 €! Invierta usted en tal reclamación varios meses
de gestiones, tiempo, paciencia, ventanillas, colas y por supuesto dinero. Y al
cabo de 2 años, con suerte, gane usted la reclamación ante la concesionaria de
la autopista de peaje, recupere su 1,5 € con el 1% de intereses atrasados (si
conserva el ticket original o no se ha biodegradado) y siéntase al final del
largo y tortuoso camino un ciudadano ejemplar.
Me
consta que a la T-4 del aeropuerto se puede ir sin pagar peaje, lo que pasa es
que hay que ir por el camino en dónde solo se indica “A la T-1, T-2 y T-3”. ¿Por qué se omite añadir
también la T-4 en dicha señalización pública, obligando con ello al conductor a
tomar la vía de peaje? ¿Es poco rentable ese tramo para la concesionaria
privada y hay que subvencionarlo indirectamente a costa una ciudadanía a la que
se fuerza a desviarse por tal peaje? ¿No son suficientes nuestros
hipertrofiados impuestos para saciar la voracidad infinita de la máquina?
En
el siguiente artículo de El Mundo
(2006) –y que desgraciadamente yo no leí en su día- se explica con mayor claridad en que consiste
el “timo del peaje”: http://www.elmundo.es/elmundo/2006/06/15/ciudadanom/1150358249.html
Lo
grave, sin embargo, no la existencia en nuestra sociedad de timadores. Lo grave es que el
timo del peaje” sea realizado con la complicidad (por omisión del deber de
información veraz) de nuestras autoridades públicas, pues aunque la
concesionaria de la autopista sea privada la señalización está ubicada en la
vía pública.
No
importa que en éste caso la pequeña infamia sea económicamente insignificante;
lo que me preocupa es que tales abusos se estén convirtiendo en la tónica general,
esto es, en el estilo y el carácter de nuestras instituciones. Si se extrapolan
tales maneras a la gestión del Estado uno no puede menos que aterrorizarse, al
sentir como crece nuestra indefensión ante una maquinaria institucional viciada.
Forzar a miles de conductores a lo largo del año a que paguen un peaje que
podrían evitarse es solo un pequeño ejemplo, una pequeña infamia (y sin
embargo, con impacto económico que muy bien podría cuantificarse en millones de
euros). Pero esto es solo un ejemplo que palidecería si lo comparamos con el
desfalco de las cajas, los ERES andaluces, la quiebra de varias comunidades
autónomas, la estafa de los bancos a los pequeños ahorradores, la hipocresía,
complicidad e inutilidad de los sindicatos, la apatía de la patronal, la
menguante legitimidad social de los partidos políticos (el principal alimento
de los totalitarios de todo tipo disfrazados de voz popular) y la degradación
de los tres poderes del Estado, silenciosos cuando debieran hablar y locuaces
cuando tendrían que permanecer callados.
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