domingo, 28 de octubre de 2012

PEQUEÑAS INFÁMIAS PÚBLICAS



Cada día descubres, en tu microcosmos más inmediato, pequeñas infamias que te hacen reflexionar acerca de un determinado “modo de ser” (eso es, precisamente, la definición de ética); de un modo de ser viciado.

He aquí la pequeña infamia pública: Ayer tuve que desplazarme a la Terminal T-4 del aeropuerto de Barajas. Nada más sencillo y lógico que seguir las indicaciones en la vía pública ¿verdad? En un momento determinado la carretera se divide en dos: el cartel que indica giro a la izquierda marca las terminales T-1, T-2 y T-3; la señal que indica giro a la derecha marca la terminal T-4. Como yo voy a la T-4 señalizo y giro a la derecha. A los pocos minutos, siento que estoy dando un gran rodeo por un páramo inhóspito hasta que súbitamente - y sin posibilidad de dar marcha atrás - me veo enfilado a una autopista de peaje. Cuando el cartel anuncia el peaje, ya no hay alternativa. Hay que seguir avanzando. Yo no quiero ir a la T-4 por una autopista de peaje, pero la señalización vial me ha forzado a hacerlo. Como pienso que he podido cometer un error (no viendo alguna otra indicación), pregunto al empleado de la cabina de peaje cómo es posible que habiendo seguido la señalización “A la T-4” haya terminado en éste peaje.

Su respuesta estereotipada me recordó a las máquinas de las gasolineras: “Todos los conductores se quejan de lo mismo. Reclame usted. Muchas gracias por su visita” (éste último comodín es el que puso a prueba mi amor por la “no violencia”). Ya está. Todo solucionado. ¡Reclame usted el pago indebido de 1,5 €! Invierta usted en tal reclamación varios meses de gestiones, tiempo, paciencia, ventanillas, colas y por supuesto dinero. Y al cabo de 2 años, con suerte, gane usted la reclamación ante la concesionaria de la autopista de peaje, recupere su 1,5 € con el 1% de intereses atrasados (si conserva el ticket original o no se ha biodegradado) y siéntase al final del largo y tortuoso camino un ciudadano ejemplar.

Me consta que a la T-4 del aeropuerto se puede ir sin pagar peaje, lo que pasa es que hay que ir por el camino en dónde solo se indica “A la T-1, T-2 y T-3”. ¿Por qué se omite añadir también la T-4 en dicha señalización pública, obligando con ello al conductor a tomar la vía de peaje? ¿Es poco rentable ese tramo para la concesionaria privada y hay que subvencionarlo indirectamente a costa una ciudadanía a la que se fuerza a desviarse por tal peaje? ¿No son suficientes nuestros hipertrofiados impuestos para saciar la voracidad infinita de la máquina?

En el siguiente artículo de El Mundo (2006) –y que desgraciadamente yo no leí en su día-  se explica con mayor claridad en que consiste el “timo del peaje”: http://www.elmundo.es/elmundo/2006/06/15/ciudadanom/1150358249.html

Lo grave, sin embargo, no la existencia en nuestra sociedad de timadores. Lo grave es que el timo del peaje” sea realizado con la complicidad (por omisión del deber de información veraz) de nuestras autoridades públicas, pues aunque la concesionaria de la autopista sea privada la señalización está ubicada en la vía pública.

No importa que en éste caso la pequeña infamia sea económicamente insignificante; lo que me preocupa es que tales abusos se estén convirtiendo en la tónica general, esto es, en el estilo y el carácter de nuestras instituciones. Si se extrapolan tales maneras a la gestión del Estado uno no puede menos que aterrorizarse, al sentir como crece nuestra indefensión ante una maquinaria institucional viciada. Forzar a miles de conductores a lo largo del año a que paguen un peaje que podrían evitarse es solo un pequeño ejemplo, una pequeña infamia (y sin embargo, con impacto económico que muy bien podría cuantificarse en millones de euros). Pero esto es solo un ejemplo que palidecería si lo comparamos con el desfalco de las cajas, los ERES andaluces, la quiebra de varias comunidades autónomas, la estafa de los bancos a los pequeños ahorradores, la hipocresía, complicidad e inutilidad de los sindicatos, la apatía de la patronal, la menguante legitimidad social de los partidos políticos (el principal alimento de los totalitarios de todo tipo disfrazados de voz popular) y la degradación de los tres poderes del Estado, silenciosos cuando debieran hablar y locuaces cuando tendrían que permanecer callados.

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