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viernes, 28 de diciembre de 2012
EL FIN DEL MUNDO, LOS MAYAS Y RIGOBERTA MENCHÚ
Tuve la oportunidad de cenar con la premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchu en agosto de 2010 (foto), al termino de un congreso internacional en Colombia sobre RSC en el que ambos participamos como ponentes. Dado que nuestras conferencias fueron consecutivas, esa noche cenamos juntos. Hablamos mucho y comimos aun mas (algo que no sorprenderá a quienes me conocen).
Me llamaron la atencion de Rigoberta Menchu varias cosas: su proximidad y dulzura, su modestia (que no me pareció una pose), su contundencia al no pretender perdonar a los asesinos de su familia "si ellos antes no pedían su perdón" y su enorme interés en el calendario maya y en el "Nahual" (valores y rasgos de personalidad asociados a los signos "zodiacales" mayas). En este ultimo aspecto, la premio Nobel era una verdadera creyente y de las tres horas que pasamos juntos, mas de dos estuvieron dedicadas a la importancia del "Nahual" y su influencia en casi todo.
Dado que soy un maldito escéptico en todo tipo de predestinaciones derivadas de conjunciones astrales o fuerzas de la naturaleza, me lo pase muy bien polemizando con la Sra. Menchu. ¡No siempre se tiene la oportunidad de contradecir a una Nobel de la paz frente a unas coca-colas light! :-) Por cierto, que prometió enviarme por e-mail la información correspondiente a mi "nahual" (ella estaba casi segura acerca del animal que me correspondia) y aún no lo ha hecho. ¿Acaso mi escepticismo la disuadió de ello?
He explicado todo esto a modo de preámbulo de esta noticia que hoy circula sobre unas declaraciones de Rigoberta Menchu acerca de la supuesta profecía maya sobre el fin del mundo que debería ser ... dentro de un rato!
He aquí la noticia:
"Rigoberta Menchú lamenta el mal uso y las burlas hacia el calendario maya
La ganadora del Premio Nobel de la Paz hizo un llamado a la sociedad para dejar a un lado la idea sobre el fin del mundo
La Premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú, quien arribó el domingo pasado a Yucatán, México, lamentó "el mal uso" del calendario maya con la difusión de un supuesto fin del mundo, y llamó a revalorar el mensaje de paz y renovación que en realidad heredó dicha civilización.
"Es un buen momento para la reflexionar y pedir perdón por todo el daño a la humanidad", dijo durante la conferencia La cultura maya en el siglo XXI, dentro del Festival de la Cultura Maya 2012.
La promotora de los derechos indígenas se pronunció contra la errónea interpretación que se ha dado al calendario maya y que ha sido motivo de "burla en diferentes países", sobre todo Estados Unidos.
"Es una falsedad que se acaba la humanidad, porque eso es algo de mucho tiempo atrás. Debemos aprovechar para pedir perdón de todo lo malo que hemos hecho a lo largo de nuestra existencia", dijo.
Según Menchú existe "una total ignorancia del manejo del calendario maya", y "el sensacionalismo nos ganó. El 22 de diciembre, los mayas hablaremos de lo que significa el sagrado calendario maya".
Exhortó a la sociedad a realizar un "rito espiritual dejando atrás la religión para enfocarse en un encuentro propio. Hay incertidumbre en la humanidad. Es una burla lo que se ha hecho desde Hollywood sobre el calendario maya.
"El 21 de diciembre dediquen un momento para dar gracias a la vida, al sol, a la luna. Interactúen con el sol y la tierra, mediten, es una fecha espiritual para pedir perdón. El 22 esperen la salida del sol. será ahí cuando los mayas hablemos", indicó ante estudiantes, catedráticos y funcionarios de gobierno reunidos en las instalaciones del Gran Museo del Mundo Maya"
jueves, 12 de julio de 2012
LA VERDADERA HISTORIA DE LOS ENANITOS (MINEROS)
¡Atiende, oh lector, el cuento maravilloso
que éste viejo bardo desea contarte ésta noche!
Érase una vez un pequeño pueblo de enanitos que
sacaban piedras de escaso valor de una oscura y peligrosa mina en la que casi
todos sus nobles abuelos habían muerto reventados y enfermos. Los enanitos
insistían con inusitada obcecación en seguir trabajando en la mina, aunque este
bardo no logra comprender las razones para ello, pues era un trabajo asqueroso
en el que te arriesgabas a que Víctor Manuel te compusiera unas estrofas o que
Pilar Bardem te besara con frenesí. Luego, además estaban el grisú y los
desprendimientos; pero lo de Víctor Manuel o Pilar Bardem era sin duda lo más peligroso.
Sin embargo los enanitos ¡erre que erre! Nada –decían dignísimos los
enanitos- nuestros abuelos murieron bien jodidos en la mina y nosotros queremos
también morir de silicosis o, al menos, sepultados en las profundidades de la
tierra.
Soy bardo – y bardo viejo- y he recorrido muchos países,
pero no acierto a comprender esa insistencia suicida de los enanitos ¿Por qué
no aceptaban dedicarse a pastorear vacas, a rehabilitar bosques, a danzar bajo
la luna viejos bailes regionales o a montar pequeños colmados? Es cierto que la
reina tradicionalmente les había comprado a precios altísimos las escasas y
malas piedrecitas que de su mina extraían y acaso esa sea la razón por la cual
los enanitos iban silbando a trabajar (algo que este bardo nunca entendió en la
película de Walt Disney: ¿Están locos? ¿Cómo es que van silbando a trabajar?).
Poco tiempo después de que el reino fuera saqueado
durante un tiempo por una tribu de orcos (y orcas) resentidos (y resentidas), la reina -que además era una grandisima bruja
y hasta tenía barba- dejo de pagar a los enanitos, pues el país había quedado
arrasado y envilecido tras una época oscura. Lo cierto es que la reina tampoco
pagaba a sus pajes, lacayos, mariscales (que tenían instrucciones de amedrentar
a los forajidos y salteadores no con la espada sino con la única fuerza de
bellas melodías de cítara), ni alimentaba a sus caballos, ni se preocupaba
demasiado por las desventuras de sus súbditos, deslomados de sol a sol (mucho
mas que los putos enanitos) para poder pagar los altísimos tributos y las dichosas
piedras extraídas de las carísimas minas.
Sin embargo - y a pesar del pataleo de los enanitos
y del silencio de los súbditos que habían sido adormecidos con el polvo mágico
del sueño televisivo- la reina bruja poseía tesoros con los que pagar a sus numerosísimos
virreyes, gobernadores, intendentes, válidos, sastres y toda suerte de pícaros
y truhanes que acudían a raudales al reino atraídos por la promesa de un rápido
enriquecimiento. Los orcos (y las orcas) que durante años asolaron el reino,
guardaban silencio en sus guaridas, restañando sus numerosas heridas y
esperando la ocasión de volver a saquear el reino una vez reconstruido (los
orcos y las orcas -aparte de ser feísimos- no saben hacer nada, razón por la
cual están permanentemente indignados, rompen cosas, hieden y se alimentan
exclusivamente con el sudor de otras frentes)
La reina -que solo escuchaba los consejos de aduladores, charlatanes y picaros- no se daba cuenta de que su reino -antaño grande, vital y luminoso- empezaba a parecer cada vez mas uno de esos lejanos países llenos de sombras y brumas eternas. Los pájaros dejaron de cantar, los valles se secaron, los bosques fueron incendiados, las playas aparecían enladrilladas (¿quien las desenladrillara?) y repletas de casinos y mientras eso sucedía millones de súbditos vagaban por las aldeas buscando protección en sus vecinos o en sus mayores. Ya no confiaban en sus príncipes y estaban prestos a apoyar a cualquier canalla que les prometiese el paraíso…
La reina -que solo escuchaba los consejos de aduladores, charlatanes y picaros- no se daba cuenta de que su reino -antaño grande, vital y luminoso- empezaba a parecer cada vez mas uno de esos lejanos países llenos de sombras y brumas eternas. Los pájaros dejaron de cantar, los valles se secaron, los bosques fueron incendiados, las playas aparecían enladrilladas (¿quien las desenladrillara?) y repletas de casinos y mientras eso sucedía millones de súbditos vagaban por las aldeas buscando protección en sus vecinos o en sus mayores. Ya no confiaban en sus príncipes y estaban prestos a apoyar a cualquier canalla que les prometiese el paraíso…
Ante esa dramática tesitura, que los enanitos refunfuñen
(sobre todo el "Cascarrabias") demandando mantener
los privilegios de otros tiempos es algo que "francamente querida
Escarlata… ¡me importa un bledo!"
miércoles, 30 de mayo de 2012
PAYASOS FORZADOS
![]() |
| ¡Si, usted... salga al escenario! |
El otro día asistí -con otros tantos padres solícitos- a una fiesta de cumpleaños de un amigo de mi hijo de 5 años. Los anfitriones habían montado algo por todo lo alto (hoy ya no basta con las bolsas de papas de antaño, devoradas en un jardín); culminando el acto con un plato fuerte consistente en ...¡¡un Mago!!. Hasta ahí todo perfecto. El Mago, justo es reconocerlo, era muy bueno y muy divertido. Sin embargo, en un momento determinado de su actuación empezó a "sacar" a padres al escenario. No se trataba de recabar una pequeña ayuda para cortar una baraja, para cerrar unas esposas o para elegir una cinta de colores, no. Les hacia actuar de lo lindo. De golpe regresé a los tenebrosos días del colegio: "¡Navarro, salga usted al encerado!". Risas y cuchicheos de mis compañeros que sabían a ciencia cierta que no resolvería la formula matemática planteada por el profesor.
Fue exactamente igual que hacia cuarenta años. "Si, usted, querido papa ¡al escenario!" Miré hacia atrás con la vaga esperanza de que se dirigiera a otro desgraciado. Pero no fue así. De forma instintiva (atavismo de supervivencia) me había colocado al final de la sala y detrás mío solo había una pared que, además, me impedía la huida. Con gestos discretos y un pálido amago de sonrisa (casi un rictus) le hice ver que prefería no salir y que yo no era nada bueno en esas lides. Vano intento. El Mago, cuanto mas desesperado me notaba, mas vehemente y divertido se ponía, insistiendo premioso en que saliera (el muy cabrón, si ustedes me permiten).
Finalmente, y ante mi resistencia mular, brincó rápido del escenario, atravesó el pasillo central y asiéndome con fuerza de un brazo me arrastró hacia el escenario. No se por qué razón sentí una terrible empatía por aquellos pobres mayas arrastrados a lo alto de la pirámide para ser sacrificados a mayor gloria de Tezcatlipoca. No quedaba sino zafarme del persistente Mago con alguna llave de Hapkido o, menos sofisticado, con puñetazo certero en sus narices; pero la mirada angustiada de mi hijo (acaso anticipando esa reacción impropia de un "honrado padre de familia") me persuadió de no hacerlo y aceptar mi amargo cáliz con resignación cristiana.
En pocos segundos, durante los cuales pude ver imágenes de mi vida a velocidad vertiginosa, me encontré en lo alto de un escenario y frente a decenas de niños sonrientes y otros tantos rostros de padres irónicos y relajados al verse ellos liberados de la expiación. El Mago entonces empezó a hacer gracias conmigo y a pedirme, cada vez mas imperioso, que le diera la replica. Insisto en que puedo llegar a ser muy divertido, pero en otras circunstancias y nunca en un escenario con un humor impuesto y que no brota de mi. Cuando milagrosamente se me ocurría alguna "replica" medianamente idiota con la que yo pensaba ser liberado, mi torturador me exigía que bailara algo o diera unas vueltas a una silla o que sacara la lengua al escuchar su silbato. Básicamente me pidió "hacer payasadas" durante 5 larguísimos minutos, no teniendo yo vocación, ni cualidades, ni sobre todo ganas para ello. Seguirle el juego era mortificante. Negarse hubiera sido aun peor.
Termino diciendo que cuando yo voy a un espectáculo, lo menos que espero es que sean otros los que actúen y no yo. Yo ya "actúo" en otros lugares y jamás se me ocurre empezar una de mis conferencias haciendo subir al estrado a alguien de la ultima fila -vestido de payaso- y pidiéndole que, por favor, exponga en 20 minutos los vicios y virtudes en la ética aristotélica.
Por todo lo cual, pongo en conocimiento de todos los magos y actores que en el mundo existen que la próxima vez que insistan en sacarme al escenario para hacer de mascota yo me limitare a darles una fuerte patada en los cojones (si ustedes me permiten el vulgar desahogo).
martes, 22 de mayo de 2012
El camionero alemán, la señora de la bata guateada y el pequeño cubo
Hace algunos años un buen amigo me contó esta anécdota de la que
había sido testigo. Los hechos sucedieron en una pequeña empresa
familiar en Villarreal, un pueblo industrial de Castellón. Corría el año 1993 y
la empresa, aún siendo muy pequeña, exportaba muchísimo a Alemania ya
que su producto artesanal resultaba muy atractivo en aquel mercado. Mi
amigo trabajaba en esa empresa como jefe de exportación (básicamente
porque hablaba alemán) y entre los muros de la fábrica convivía
diariamente con la familia, compuesta por el padre (el dueño de la
fábrica), su esposa (muy clásica y de profesión “sus labores”) y uno de
los hijos que pululaba por allí tratando de entender el negocio. Las
instalaciones de la fábrica se mezclaban anárquicamente con las
estancias familiares. Casi todas las semanas se presentaba algún camión
procedente de Alemania para cargar material y generalmente actuaba de
intérprete mi amigo, hasta que una fría mañana de 1993 uno de los
camioneros llegó antes de lo previsto… Dado que mi amigo, el jefe de
exportación, aun no había llegado a la fábrica, el camionero alemán fue
atendido por “la señora de la casa”.
La mujer al ver aparcar el camión salió apresuradamente a recibirle. Salió al patio como habitualmente se desplazaba por sus dominios: con un grueso batín guateado estampado con florecillas rosas. Una delicia para la abeja Maya. Se acercó muy sonriente al camionero alemán sin sospechar siquiera que aquel hombre no hablaría ni palabra de español y mucho menos de valenciano, la lengua materna y habitual de esa familia. Tras intercambiarse unos protocolarios “buenos días” (algo que los camioneros de todo el mundo saben decir en 250 lenguas diferentes) el camionero pidió “muy correctamente” a la señora si sería posible disponer de un “cacito”.
¿Para que querrá este buen hombre un “cacito”? Pensó fugazmente nuestra protagonista, mientras se alisaba la bata guateada para que las florecillas no desmerecieran. Sin embargo, y más allá de su extrañeza, su respuesta no pudo ser más amable: “¿Un cacito? Hombre de Dios ¡por supuesto que tengo un cacito! Enseguida se lo traigo…” Y se introdujo rápida en la cocina para buscar el pequeño cubo que tan amablemente le pedía el camionero alemán. ¿Como no iba ella a contar entre sus enseres con un cacito? Era una mujer de su casa y tenía de todo. Pocos segundos después salía al patio de cargas, más sonriente aún que la primera vez, y portando entre sus manos un cubo metálico de pequeñas dimensiones. Un cacito; casi un cuenco. Justo lo que el alemán necesitaba.
Sin embargo, cuando el alemán la vio aparecer con el cacito retrocedió levemente hacia atrás, como hubiera hecho un vampiro ante una ristra de ajos. “¡¡Nein, nein!! – profirió aturdido el alemán- lo que yo quiero es un cacito, Madam. Nuestra heroína no daba crédito. ¿Pero qué tipo de cacitos necesitan estos alemanes? - pensó - Es increíble lo exigentes que pueden ponerse a veces. En fin, ya que insiste, le buscaré otro cacito algo mayor. Lo cierto es que el camionero pasaba de los dos metros de altura y de los 150 kilos de peso y probablemente en su escala vital todo tuviera que ser de mayores dimensiones.
Volvió a su cocina y salió inmediatamente con un nuevo cubo. Era algo mayor que el cacito solicitado, pero ya sabría el alemán para qué demonios lo necesitaba. Sin embargo, la expresión del alemán cuando la vio aparecer con el cubo fue desalentadora. Su rostro tenía un rictus doloroso y su piel se mostraba extremadamente colorada. Incluso creyó entrever que unas gotas de sudor resbalaban por su sien. “¡Nein, nein meine liebe Dame! Dijo el camionero. ¿Cómo? ¿Qué no quiere usted mi cacito? ¡Anda y tome el cacito de una puñetera vez o me va usted enfadar de verdad! En esas estaba la señora cuando apareció mi amigo. Su providencial y oportuna aparición evitó un potencial conflicto hispano-germano, cuando faltaban segundos para la tragicomedia.
¿Qué es lo que había sucedido? Mi amigo lo aclaró inmediatamente con el camionero. Era todo muy sencillo. Un problema de comunicación. Lo más habitual en el ser humano.
El alemán le explicó, muy sofocado, que hacia pocos minutos había aparcado su camión en la zona de cargas con la intención de orinar inmediatamente, pues llevaba aguantando casi 200 kilómetros (el sabría las razones de esa contención mortificadora). Justo cuando se disponía a bajarse discretamente la bragueta vio aparecer a la “pequeña señora con una extraña tunica florida” y en vez de miccionar en el descampado como era su intención se vio obligado a preguntar a la señora “dónde estaban los servicios” El buen hombre utilizó el inglés, un idioma que él consideraba erróneamente internacional, así que lo que dijo a la señora de la bata guateada fue: Where is the TOILETTE? Resulta que la palabra toilette (de origen francés) se pronuncia casi igual que el término coloquial valenciano poalet, cuya traducción libre al español podría ser la de pozalito o cacito (un cubo de pequeñas dimensiones, vaya). Nadie en su sano juicio habría pensado que un camionero proveniente de Leipzig, norte de Alemania, iba a dominar el valenciano, pero nuestra protagonista si lo creyó pues si ella hablaba valenciano lo normal es que el resto del planeta lo hiciera también y cuando escuchó toilette tuvo la certeza de que el alemán le preguntaba por un poalet y es justo eso lo que le ofreció.
Sin embargo, al otro lado de la línea comunicativa, la visión de los hechos era bien distinta: el alemán preguntó por los servicios y lo que vio fue a una “pequeña señora disfrazada con una túnica” que le ofrecía insistentemente un cubo a modo de mingitorio. Es verdad que el alemán consideraba a los españoles como una especie ligeramente evolucionada del Homo Antecessor, pero aquella costumbre del cubo-mingitorio le parecía bárbara incluso hasta para el español más untermenschen. Cuanto más protestaba ante la señora de que no era “eso” lo que necesitaba, más grande le ofrecía el cubo y más agresiva se mostraba la mujer. Mientras tanto su vejiga iba a estallar. Justo en el preciso instante en que mi amigo apareció el camionero se había ya resignado orinar en el cubo, bajo la atónita mirada de la señora de la bata guateada. No sucedió, pero poco faltó para que así acaeciera.
La mujer al ver aparcar el camión salió apresuradamente a recibirle. Salió al patio como habitualmente se desplazaba por sus dominios: con un grueso batín guateado estampado con florecillas rosas. Una delicia para la abeja Maya. Se acercó muy sonriente al camionero alemán sin sospechar siquiera que aquel hombre no hablaría ni palabra de español y mucho menos de valenciano, la lengua materna y habitual de esa familia. Tras intercambiarse unos protocolarios “buenos días” (algo que los camioneros de todo el mundo saben decir en 250 lenguas diferentes) el camionero pidió “muy correctamente” a la señora si sería posible disponer de un “cacito”.
¿Para que querrá este buen hombre un “cacito”? Pensó fugazmente nuestra protagonista, mientras se alisaba la bata guateada para que las florecillas no desmerecieran. Sin embargo, y más allá de su extrañeza, su respuesta no pudo ser más amable: “¿Un cacito? Hombre de Dios ¡por supuesto que tengo un cacito! Enseguida se lo traigo…” Y se introdujo rápida en la cocina para buscar el pequeño cubo que tan amablemente le pedía el camionero alemán. ¿Como no iba ella a contar entre sus enseres con un cacito? Era una mujer de su casa y tenía de todo. Pocos segundos después salía al patio de cargas, más sonriente aún que la primera vez, y portando entre sus manos un cubo metálico de pequeñas dimensiones. Un cacito; casi un cuenco. Justo lo que el alemán necesitaba.
Sin embargo, cuando el alemán la vio aparecer con el cacito retrocedió levemente hacia atrás, como hubiera hecho un vampiro ante una ristra de ajos. “¡¡Nein, nein!! – profirió aturdido el alemán- lo que yo quiero es un cacito, Madam. Nuestra heroína no daba crédito. ¿Pero qué tipo de cacitos necesitan estos alemanes? - pensó - Es increíble lo exigentes que pueden ponerse a veces. En fin, ya que insiste, le buscaré otro cacito algo mayor. Lo cierto es que el camionero pasaba de los dos metros de altura y de los 150 kilos de peso y probablemente en su escala vital todo tuviera que ser de mayores dimensiones.
Volvió a su cocina y salió inmediatamente con un nuevo cubo. Era algo mayor que el cacito solicitado, pero ya sabría el alemán para qué demonios lo necesitaba. Sin embargo, la expresión del alemán cuando la vio aparecer con el cubo fue desalentadora. Su rostro tenía un rictus doloroso y su piel se mostraba extremadamente colorada. Incluso creyó entrever que unas gotas de sudor resbalaban por su sien. “¡Nein, nein meine liebe Dame! Dijo el camionero. ¿Cómo? ¿Qué no quiere usted mi cacito? ¡Anda y tome el cacito de una puñetera vez o me va usted enfadar de verdad! En esas estaba la señora cuando apareció mi amigo. Su providencial y oportuna aparición evitó un potencial conflicto hispano-germano, cuando faltaban segundos para la tragicomedia.
¿Qué es lo que había sucedido? Mi amigo lo aclaró inmediatamente con el camionero. Era todo muy sencillo. Un problema de comunicación. Lo más habitual en el ser humano.
El alemán le explicó, muy sofocado, que hacia pocos minutos había aparcado su camión en la zona de cargas con la intención de orinar inmediatamente, pues llevaba aguantando casi 200 kilómetros (el sabría las razones de esa contención mortificadora). Justo cuando se disponía a bajarse discretamente la bragueta vio aparecer a la “pequeña señora con una extraña tunica florida” y en vez de miccionar en el descampado como era su intención se vio obligado a preguntar a la señora “dónde estaban los servicios” El buen hombre utilizó el inglés, un idioma que él consideraba erróneamente internacional, así que lo que dijo a la señora de la bata guateada fue: Where is the TOILETTE? Resulta que la palabra toilette (de origen francés) se pronuncia casi igual que el término coloquial valenciano poalet, cuya traducción libre al español podría ser la de pozalito o cacito (un cubo de pequeñas dimensiones, vaya). Nadie en su sano juicio habría pensado que un camionero proveniente de Leipzig, norte de Alemania, iba a dominar el valenciano, pero nuestra protagonista si lo creyó pues si ella hablaba valenciano lo normal es que el resto del planeta lo hiciera también y cuando escuchó toilette tuvo la certeza de que el alemán le preguntaba por un poalet y es justo eso lo que le ofreció.
Sin embargo, al otro lado de la línea comunicativa, la visión de los hechos era bien distinta: el alemán preguntó por los servicios y lo que vio fue a una “pequeña señora disfrazada con una túnica” que le ofrecía insistentemente un cubo a modo de mingitorio. Es verdad que el alemán consideraba a los españoles como una especie ligeramente evolucionada del Homo Antecessor, pero aquella costumbre del cubo-mingitorio le parecía bárbara incluso hasta para el español más untermenschen. Cuanto más protestaba ante la señora de que no era “eso” lo que necesitaba, más grande le ofrecía el cubo y más agresiva se mostraba la mujer. Mientras tanto su vejiga iba a estallar. Justo en el preciso instante en que mi amigo apareció el camionero se había ya resignado orinar en el cubo, bajo la atónita mirada de la señora de la bata guateada. No sucedió, pero poco faltó para que así acaeciera.
EL PICAPEDRERO NUDISTA
Hace unos años, una señora de pueblo a quien quiero muchísimo, me contaba una historia divertidísima que voy a contaros: El picapedrero nudista.
Contextualicemos primero: los sucesos acaecieron en un pueblo de la sierra interior del sur de Valencia. Bellos parajes y muy buena gente. Sucedió hará unos cuarenta años; digamos que a inicios de la década de los setenta. Es importante tener presente la época pues el pudor de aquellos tiempos nada tenía que ver con el de hoy. El marido de ésta señora, protagonista involuntario de esta historia, era un agricultor de raza. Uno de esos trabajadores incansables y titánicos,curtidos por la tierra en la que han trabajado desde la niñez.
Este hombre – llamémosle Miguel- había heredado unas cuantas hectáreas de montaña rocosa. Pura roca granítica para ser exactos. Poco puede plantarse y menos aún cultivarse en el granito. Cualquier otro mortal habría abandonado aquellas hectáreas de roca a la naturaleza, pero Miguel no era de ese tipo de hombre que se rinde fácilmente así que cogió un cincel de marmolista y un buen martillo pilón y empezó a arrancar palmo a palmo la capa de roca de medio metro que cubria su herencia. Debajo de ella había un verdadero tesoro de tierra roja y virgen en la que algún día – cuando arrancara el manto de roca viva que la cubría- podría plantar unos olivos cuyos frutos disfrutarían sus hijos. No hay duda: era otra época y otra ética del trabajo.
Así que Miguel, al terminar su jornada laboral o durante sus periodos de descanso, cogía su cincel y su martillo y se pasaba varias horas picando piedra. Hace años visité ese campo e intenté arrancar unos fragmentos de piedra con el martillo y el cincel de Miguel. La cosa no era nada sencilla y se necesita una fortaleza y una voluntad que poca gente tiene. Un mediodía de verano especialmente caluroso, Miguel sudaba tanto que se sentía desfallecer. Decidió despojarse de la camisa y poco después de los pantalones, quedándose en calzoncillos. Siguió picando piedra pero dado que el sudor y el calor le resultaban agobiantes decidió quitarse lo único que cubría sus vergüenzas. ¿Qué más daba quedarse en pelotas si en aquellas tierras suyas, tan alejadas del pueblo, no había ni un alma? Imaginaos ahora a Miguel: desnudo, martillo y cincel en mano, y picando piedra con la energía de quien trabaja para su estirpe.
¿No había realmente ni un alma? Quiso la fortuna, siempre caprichosa y en ocasiones traviesa, que a acudieran al campo de Miguel dos personas, justo a la misma hora y en el mismo lugar. La primera era un vecino suyo al que acababan de operar de garganta y la segunda la propia esposa de Miguel quien dado el calor que hacía había ido al campo a llevarle un refresco. Repasemos la concatenación de acontecimientos, tal cual me los contó la anonadada mujer de Miguel.
A mediodía un vecino de Miguel cuyas tierras lindaban con las suyas había escuchado en las proximidades el sonido de un martillo y una respiración sofocada. La cosa le había inquietado un poco y quiso ver si se trataba de algún maleante haciendo alguna de las suyas. Hacia pocos días le habían dado el alta de una operación de garganta que le tendría sin voz durante una semana. El médico le había insistido mucho en que no hablara ni emitiera ningún sonido. Avanzó sigiloso por entre los olivares de su campo hasta llegar al límite de las tierras rocosas de Miguel y lo que allí vio le dejó aturdido para el resto de su vida: su vecino Miguel – hombre de austeras costumbres y temeroso de Dios- estaba en pelota viva, golpeando con saña la roca granítica y sudando como jamás había visto sudar a nadie. Pudoroso, quiso alertar a su vecino de su presencia pero recordó que no podía hablar por prescripción facultativa así que optó por hacer algún tipo de ruido que avisara a Miguel. Pero ¿qué sonido si no podía hablar ni gritar? Ante la tesitura, pensó que lo mejor sería palmotear con fuerza y rítmicamente, hasta que Miguel se diera cuenta de su presencia y tuviera a bien vestirse apresuradamente. Dicho y hecho. Empezó a palmear con vigor, mientras Miguel –un verdadero precursor del nudismo laboral- seguía afanado en martillear la roca que se le resistía. En ese mismo instante, en lo más sonoro del palmoteo, la esposa de Miguel apareció portando entre sus manos un porrón de cerveza helada con casera.
Reflexionad un segundo e imaginad el cuadro que ante ella se presentaba en toda su gloria: por un lado su marido, completamente desnudo y picando piedra con un frenesí que a ella le hizo recordar su ya lejana noche de bodas y a escasos metros de Miguel, su vecino de toda la vida - un hombre virtuoso y de sanísimas costumbres- aplaudiendo a su marido con inusitado vigor y casi, casi a ritmo de rumba…
Siempre me ha divertido muchísimo esta anécdota, especialmente al imaginar la retahíla de explicaciones que ambos varones habrían de dar a la aterrorizada mujer cuando se dieran cuenta del cuadro que involuntariamente habían representado.
Contextualicemos primero: los sucesos acaecieron en un pueblo de la sierra interior del sur de Valencia. Bellos parajes y muy buena gente. Sucedió hará unos cuarenta años; digamos que a inicios de la década de los setenta. Es importante tener presente la época pues el pudor de aquellos tiempos nada tenía que ver con el de hoy. El marido de ésta señora, protagonista involuntario de esta historia, era un agricultor de raza. Uno de esos trabajadores incansables y titánicos,curtidos por la tierra en la que han trabajado desde la niñez.
Este hombre – llamémosle Miguel- había heredado unas cuantas hectáreas de montaña rocosa. Pura roca granítica para ser exactos. Poco puede plantarse y menos aún cultivarse en el granito. Cualquier otro mortal habría abandonado aquellas hectáreas de roca a la naturaleza, pero Miguel no era de ese tipo de hombre que se rinde fácilmente así que cogió un cincel de marmolista y un buen martillo pilón y empezó a arrancar palmo a palmo la capa de roca de medio metro que cubria su herencia. Debajo de ella había un verdadero tesoro de tierra roja y virgen en la que algún día – cuando arrancara el manto de roca viva que la cubría- podría plantar unos olivos cuyos frutos disfrutarían sus hijos. No hay duda: era otra época y otra ética del trabajo.
Así que Miguel, al terminar su jornada laboral o durante sus periodos de descanso, cogía su cincel y su martillo y se pasaba varias horas picando piedra. Hace años visité ese campo e intenté arrancar unos fragmentos de piedra con el martillo y el cincel de Miguel. La cosa no era nada sencilla y se necesita una fortaleza y una voluntad que poca gente tiene. Un mediodía de verano especialmente caluroso, Miguel sudaba tanto que se sentía desfallecer. Decidió despojarse de la camisa y poco después de los pantalones, quedándose en calzoncillos. Siguió picando piedra pero dado que el sudor y el calor le resultaban agobiantes decidió quitarse lo único que cubría sus vergüenzas. ¿Qué más daba quedarse en pelotas si en aquellas tierras suyas, tan alejadas del pueblo, no había ni un alma? Imaginaos ahora a Miguel: desnudo, martillo y cincel en mano, y picando piedra con la energía de quien trabaja para su estirpe.
¿No había realmente ni un alma? Quiso la fortuna, siempre caprichosa y en ocasiones traviesa, que a acudieran al campo de Miguel dos personas, justo a la misma hora y en el mismo lugar. La primera era un vecino suyo al que acababan de operar de garganta y la segunda la propia esposa de Miguel quien dado el calor que hacía había ido al campo a llevarle un refresco. Repasemos la concatenación de acontecimientos, tal cual me los contó la anonadada mujer de Miguel.
A mediodía un vecino de Miguel cuyas tierras lindaban con las suyas había escuchado en las proximidades el sonido de un martillo y una respiración sofocada. La cosa le había inquietado un poco y quiso ver si se trataba de algún maleante haciendo alguna de las suyas. Hacia pocos días le habían dado el alta de una operación de garganta que le tendría sin voz durante una semana. El médico le había insistido mucho en que no hablara ni emitiera ningún sonido. Avanzó sigiloso por entre los olivares de su campo hasta llegar al límite de las tierras rocosas de Miguel y lo que allí vio le dejó aturdido para el resto de su vida: su vecino Miguel – hombre de austeras costumbres y temeroso de Dios- estaba en pelota viva, golpeando con saña la roca granítica y sudando como jamás había visto sudar a nadie. Pudoroso, quiso alertar a su vecino de su presencia pero recordó que no podía hablar por prescripción facultativa así que optó por hacer algún tipo de ruido que avisara a Miguel. Pero ¿qué sonido si no podía hablar ni gritar? Ante la tesitura, pensó que lo mejor sería palmotear con fuerza y rítmicamente, hasta que Miguel se diera cuenta de su presencia y tuviera a bien vestirse apresuradamente. Dicho y hecho. Empezó a palmear con vigor, mientras Miguel –un verdadero precursor del nudismo laboral- seguía afanado en martillear la roca que se le resistía. En ese mismo instante, en lo más sonoro del palmoteo, la esposa de Miguel apareció portando entre sus manos un porrón de cerveza helada con casera.
Reflexionad un segundo e imaginad el cuadro que ante ella se presentaba en toda su gloria: por un lado su marido, completamente desnudo y picando piedra con un frenesí que a ella le hizo recordar su ya lejana noche de bodas y a escasos metros de Miguel, su vecino de toda la vida - un hombre virtuoso y de sanísimas costumbres- aplaudiendo a su marido con inusitado vigor y casi, casi a ritmo de rumba…
Siempre me ha divertido muchísimo esta anécdota, especialmente al imaginar la retahíla de explicaciones que ambos varones habrían de dar a la aterrorizada mujer cuando se dieran cuenta del cuadro que involuntariamente habían representado.
martes, 8 de noviembre de 2011
EL GRAN ROBERT GRAVES Y EL HUMOR BRITÁNICO
Para endulzar un poco estos dias insulsos, repletos de trivilalidades y mentes "light", recuerdo una anécdota sensacional que leí a Robert Graves hace muchos años en su novela de cuentos cortos “Un brindis por Ava Gardner y otros relatos”.
En los años 20 un grupo de aristócratas e intelectuales se reúnen en un castillo inglés para celebrar un partido de tenis. El campeón obtendrá un trofeo. Sin embargo, una vez reunidos, empieza a llover haciendo imposible el partido. Cambian de planes. Ganará la copa quien cuente la historia más maravillosa, la aventura más extraordinaria…
Estaban allí congregados famosos exploradores, nobles de rancio abolengo, escritores brillantes y ... un modesto funcionario. El pobre hombre iba escuchando, abrumado, las increíbles historias que narraban sus impresionantes contrincantes (qie si la caza del elefante salvaje, que si una lucha cuerpo a cuerpo con un juramentado filipino, que si el descubrimiento de algún río...) así que cuando le llegó el turno de narrar su historia reconoció humildemente que no tenía nada que contar comparable a lo que había escuchado de sus amigos. Nada comparable, salvo una historia pequeña pero igualmente maravillosa. Esta fue su historia:
“Caballeros, a pesar de llevar casado mas de 40 años con mi esposa, cada vez que la poseo siento la misma pasión que la vez primera”.
Silencio impresionado entre los asistentes. Miradas de admiración. Ninguno de los caballeros allí presentes lo dudó. Aquella historia había sido la más maravillosa que se había escuchado esa velada y el hombre era merecedor del trofeo.
Tras entregarle la enorme copa, se retiraron a sus aposentos.
Al entrar en su dormitorio, su esposa seguía despierta. Le ve entrar con la copa y le pregunta de qué modo la ha conseguido. Cuando el explica que ha sido por contar la historia más extraordinaria de la noche, ella le escucha escéptica. ¿Cómo es que tú -mi pequeño y aburrido burócrata - has podido vencer a tus amigos los aventureros, militares y escritores? El hombre, sin atreverse a confesar a su mujer que había ventilado una intimidad tan privada de la pareja, distorsiona la historia diciéndole que lo que ha contado es que “cada vez que asiste con ella a la Sagrada Misa sigue sintiendo la misma devoción que la vez primera”. Su mujer abre enormemente los ojos y le reprende: ¿Cómo te has atrevido? ¡Eres un impostor y un descreído! ¡¡Hace años que lucho contigo para que me acompañes a misa y siempre te niegas!!
La mujer, de una honestidad a prueba de bombas, sabe que esa copa se ha ganado con malas artes y debería ser devuelta. La pareja duerme esa noche enfadada, teniendo frente a ellos el enorme trofeo que brilla más que nunca, precisamente por ser tan inmerecido.
A la mañana siguiente el grupo se esta despidiendo. Todos se encuentran concentrados en el gran recibidor del castillo cuando nuestro matrimonio comienza a bajar las palaciegas escaleras. El hombre porta entre sus manos la enorme copa y su mujer se siente muy azorada al notar que las miradas de los concurrentes se clavan en ella. Los hombres la observarn con curiosidad algo insolente y las mujeres con una cierta envidia. Es demasiado. Se siente tan avergonzada que, súbitamente, se detiene en lo alto de la escalera y proclama con voz clara y solemne: “Señoras y caballeros, debo confesarles que…”eso” a lo que aludió mi marido la pasada noche solo lo hemos hecho juntos en tres ocasiones en 40 años de matrimonio: La primera vez fue antes de la boda y porque yo le obligué. La segunda vez fue el día de nuestra boda y porque no tenía más remedio y la tercera y última fue hace más de 10 años y ¡se durmió!”
Lo he escrito de memoria con mis propias palabras, pero leído directamente de Robert Graves es realmente sensacional.
En los años 20 un grupo de aristócratas e intelectuales se reúnen en un castillo inglés para celebrar un partido de tenis. El campeón obtendrá un trofeo. Sin embargo, una vez reunidos, empieza a llover haciendo imposible el partido. Cambian de planes. Ganará la copa quien cuente la historia más maravillosa, la aventura más extraordinaria…
Estaban allí congregados famosos exploradores, nobles de rancio abolengo, escritores brillantes y ... un modesto funcionario. El pobre hombre iba escuchando, abrumado, las increíbles historias que narraban sus impresionantes contrincantes (qie si la caza del elefante salvaje, que si una lucha cuerpo a cuerpo con un juramentado filipino, que si el descubrimiento de algún río...) así que cuando le llegó el turno de narrar su historia reconoció humildemente que no tenía nada que contar comparable a lo que había escuchado de sus amigos. Nada comparable, salvo una historia pequeña pero igualmente maravillosa. Esta fue su historia:
“Caballeros, a pesar de llevar casado mas de 40 años con mi esposa, cada vez que la poseo siento la misma pasión que la vez primera”.
Silencio impresionado entre los asistentes. Miradas de admiración. Ninguno de los caballeros allí presentes lo dudó. Aquella historia había sido la más maravillosa que se había escuchado esa velada y el hombre era merecedor del trofeo.
Tras entregarle la enorme copa, se retiraron a sus aposentos.
Al entrar en su dormitorio, su esposa seguía despierta. Le ve entrar con la copa y le pregunta de qué modo la ha conseguido. Cuando el explica que ha sido por contar la historia más extraordinaria de la noche, ella le escucha escéptica. ¿Cómo es que tú -mi pequeño y aburrido burócrata - has podido vencer a tus amigos los aventureros, militares y escritores? El hombre, sin atreverse a confesar a su mujer que había ventilado una intimidad tan privada de la pareja, distorsiona la historia diciéndole que lo que ha contado es que “cada vez que asiste con ella a la Sagrada Misa sigue sintiendo la misma devoción que la vez primera”. Su mujer abre enormemente los ojos y le reprende: ¿Cómo te has atrevido? ¡Eres un impostor y un descreído! ¡¡Hace años que lucho contigo para que me acompañes a misa y siempre te niegas!!
La mujer, de una honestidad a prueba de bombas, sabe que esa copa se ha ganado con malas artes y debería ser devuelta. La pareja duerme esa noche enfadada, teniendo frente a ellos el enorme trofeo que brilla más que nunca, precisamente por ser tan inmerecido.
A la mañana siguiente el grupo se esta despidiendo. Todos se encuentran concentrados en el gran recibidor del castillo cuando nuestro matrimonio comienza a bajar las palaciegas escaleras. El hombre porta entre sus manos la enorme copa y su mujer se siente muy azorada al notar que las miradas de los concurrentes se clavan en ella. Los hombres la observarn con curiosidad algo insolente y las mujeres con una cierta envidia. Es demasiado. Se siente tan avergonzada que, súbitamente, se detiene en lo alto de la escalera y proclama con voz clara y solemne: “Señoras y caballeros, debo confesarles que…”eso” a lo que aludió mi marido la pasada noche solo lo hemos hecho juntos en tres ocasiones en 40 años de matrimonio: La primera vez fue antes de la boda y porque yo le obligué. La segunda vez fue el día de nuestra boda y porque no tenía más remedio y la tercera y última fue hace más de 10 años y ¡se durmió!”
Lo he escrito de memoria con mis propias palabras, pero leído directamente de Robert Graves es realmente sensacional.
jueves, 16 de junio de 2011
DAME UNA CAUSA (CUALQUIER CÁUSA) Y TE LLENARÉ LA PUERTA DEL SOL
Ese podría ser el eslogan promocional de los publicistas de mañana. A este paso no seria nada raro que algún avispado empresario (históricamente tan adaptables al medio hostil como las jerarquías eclesiásticas) decidiera que dado que las ventas de casi todo han bajado, seria bueno dedicarse a alguna tarea social. Hay grupos y seguidores de casi todo en Internet, que es dónde hoy en día se planea el asalto del Palacio de Invierno. No lo he buscado (¡Dios me libre!), pero seguro que hasta la casaca de Torrebruno debe tener seguidores suficientes como para llenar varias Puertas de Sol.
Y dado que Facebook, Twitter y otras redes sociales ofrecen muchísima información pública sobre nuestras filias, fobias y seguidores, no debería ser muy difícil "agitar" las pasiones e instintos de los miles de "fans" de una determinada "causa". Cuanto más visceral y básica sea, mejor. Todo lo que verse sobre sexo, estómago, ocio, hedonismo y gratuidad total de casi todo tiene enormes posibilidades de agrupar a miles de seguidores. Si, además, conseguimos asentar la idea de que "usted tiene derecho a esas cosas" será mucho mas fácil conseguir un alto nivel de indignación pues evidentemente no todo el mundo va a poder disfrutar de la misma vida sexual que Errol Flynn, por poner un clásico o estar dotado de la misma belleza que Liz Taylor o de la misma inteligencia que Ortega y Gasset o la misma capacidad de trabajo de mi abuelo, el maestro de Huitar. Y eso cabrea muchísimo. ¿Por que razón no soy yo tan guapo como Brad Pitt? ¡Tengo derecho a ello! ¡Me lo han asegurado otros miles de feos! ¡Ay, la envidia! El español y los siete pecados capitales.
Pero bueno, ya hemos visto que lo primordial es conseguir agrupar a unos miles de seguidores. Luego hay que enfadarles y subir gradualmente hasta indignarles. Ya hemos visto como. Una vez indignados, la cosa viene rodada. El 15-M de 2011 quedo demostrado que las autoridades estuvieron dispuestas a permitir a las turbas cosas que serian severamente penadas si fuesen realizadas con calma y sin asomo de indignación. ¡Indignémonos pues! ¿A que esta esperando?
¿Quiere usted que los chulos de piscina sean desterrados a una isla volcánica? (yo me haría "fan" de una causa así). ¿Los políticos no escuchan su justísima demanda? ¿No han tenido la sensibilidad de incluirla en sus programas? Pues no se preocupe, que nuestra empresa empieza a movilizar a los miles de ciudadanos que acamparían en Sol para erradicar a esos macarras de los baños públicos. Se cuentan por millones, a juzgar por nuestros estudios de foros sociales (por ejemplo: "Odio a Pepito Piscinas" tiene más de 500.000 fans ¡solo en Facebook! ¿Se imagina lo que podemos conseguir con esos 500.000 indignados?)
¿Le desasosiega a usted no pasar de 1,68 de estatura y ser gordito? ¡Tranquilo! Nuestra empresa es capaz de convocar a todos los bajitos regordetes de la UE (unos 15 millones según nuestras bases de datos) para exigir la promulgación de una Ley para subvencionar alzas Sarkozy y otra de "engorde forzoso" para los delgados a base de tartas de merengue, donuts y panceta (Objetivo 2015: 85% población UE con obesidad mórbida). Si la cosa no colase a la primera, no se preocupe. Podemos conseguir que entre 20.000 y 45.000 gordos europeos persigan indignados a los políticos más altos y esbeltos de la Comisión para hacerles ver a golpes las ventajas del sobrepeso y lo antidemocrático de su obcecada ceguera.
Además, la indignación crea adicción. Hemos comprobado la existencia del multi-indignado. Se trata de personas muy comprometidas con la Democracia de verdad, dispuestas siempre a abrirle la cabeza a cualquiera que no se indigne por "el acoso moral al escarabajo pelotero", ni por "la brutalidad de comer ostras crudas", ni por "el mensaje racista de un Darth Vader negro". Una vez que te indignas, sales a la calle, gritas, rompes cosas y te embriagas viendo tu foto en los periódicos con el encabezado de "La Libertad guiando al pueblo", hay que reconocer que resulta muy difícil no pasarse la vida cabreado. Angry pays! Los indignados son, en realidad, una versión moderna del viejo cascarrabias. El abuelo gruñón, al que todo le molestaba. La diferencia estriba en que el cascarrabias de antaño rumiaba su frustración en silencio o, a lo sumo, en el sufrido círculo familiar.
¿Le indigna que miles de personas concentradas en Sol le griten a usted y a otros millones como usted que no son demócratas "de verdad"? Tranquilo, sabemos como acabar con ello. ¿Ustedes son millones, verdad…?
Y dado que Facebook, Twitter y otras redes sociales ofrecen muchísima información pública sobre nuestras filias, fobias y seguidores, no debería ser muy difícil "agitar" las pasiones e instintos de los miles de "fans" de una determinada "causa". Cuanto más visceral y básica sea, mejor. Todo lo que verse sobre sexo, estómago, ocio, hedonismo y gratuidad total de casi todo tiene enormes posibilidades de agrupar a miles de seguidores. Si, además, conseguimos asentar la idea de que "usted tiene derecho a esas cosas" será mucho mas fácil conseguir un alto nivel de indignación pues evidentemente no todo el mundo va a poder disfrutar de la misma vida sexual que Errol Flynn, por poner un clásico o estar dotado de la misma belleza que Liz Taylor o de la misma inteligencia que Ortega y Gasset o la misma capacidad de trabajo de mi abuelo, el maestro de Huitar. Y eso cabrea muchísimo. ¿Por que razón no soy yo tan guapo como Brad Pitt? ¡Tengo derecho a ello! ¡Me lo han asegurado otros miles de feos! ¡Ay, la envidia! El español y los siete pecados capitales.
Pero bueno, ya hemos visto que lo primordial es conseguir agrupar a unos miles de seguidores. Luego hay que enfadarles y subir gradualmente hasta indignarles. Ya hemos visto como. Una vez indignados, la cosa viene rodada. El 15-M de 2011 quedo demostrado que las autoridades estuvieron dispuestas a permitir a las turbas cosas que serian severamente penadas si fuesen realizadas con calma y sin asomo de indignación. ¡Indignémonos pues! ¿A que esta esperando?
¿Quiere usted que los chulos de piscina sean desterrados a una isla volcánica? (yo me haría "fan" de una causa así). ¿Los políticos no escuchan su justísima demanda? ¿No han tenido la sensibilidad de incluirla en sus programas? Pues no se preocupe, que nuestra empresa empieza a movilizar a los miles de ciudadanos que acamparían en Sol para erradicar a esos macarras de los baños públicos. Se cuentan por millones, a juzgar por nuestros estudios de foros sociales (por ejemplo: "Odio a Pepito Piscinas" tiene más de 500.000 fans ¡solo en Facebook! ¿Se imagina lo que podemos conseguir con esos 500.000 indignados?)
¿Le desasosiega a usted no pasar de 1,68 de estatura y ser gordito? ¡Tranquilo! Nuestra empresa es capaz de convocar a todos los bajitos regordetes de la UE (unos 15 millones según nuestras bases de datos) para exigir la promulgación de una Ley para subvencionar alzas Sarkozy y otra de "engorde forzoso" para los delgados a base de tartas de merengue, donuts y panceta (Objetivo 2015: 85% población UE con obesidad mórbida). Si la cosa no colase a la primera, no se preocupe. Podemos conseguir que entre 20.000 y 45.000 gordos europeos persigan indignados a los políticos más altos y esbeltos de la Comisión para hacerles ver a golpes las ventajas del sobrepeso y lo antidemocrático de su obcecada ceguera.
Además, la indignación crea adicción. Hemos comprobado la existencia del multi-indignado. Se trata de personas muy comprometidas con la Democracia de verdad, dispuestas siempre a abrirle la cabeza a cualquiera que no se indigne por "el acoso moral al escarabajo pelotero", ni por "la brutalidad de comer ostras crudas", ni por "el mensaje racista de un Darth Vader negro". Una vez que te indignas, sales a la calle, gritas, rompes cosas y te embriagas viendo tu foto en los periódicos con el encabezado de "La Libertad guiando al pueblo", hay que reconocer que resulta muy difícil no pasarse la vida cabreado. Angry pays! Los indignados son, en realidad, una versión moderna del viejo cascarrabias. El abuelo gruñón, al que todo le molestaba. La diferencia estriba en que el cascarrabias de antaño rumiaba su frustración en silencio o, a lo sumo, en el sufrido círculo familiar.
¿Le indigna que miles de personas concentradas en Sol le griten a usted y a otros millones como usted que no son demócratas "de verdad"? Tranquilo, sabemos como acabar con ello. ¿Ustedes son millones, verdad…?
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