martes, 22 de mayo de 2012

El camionero alemán, la señora de la bata guateada y el pequeño cubo

Hace algunos años un buen amigo me contó esta anécdota de la que había sido testigo. Los hechos sucedieron en una pequeña empresa familiar en Villarreal, un pueblo industrial de Castellón. Corría el año 1993 y la empresa, aún siendo muy pequeña, exportaba muchísimo a Alemania ya que su producto artesanal resultaba muy atractivo en aquel mercado. Mi amigo trabajaba en esa empresa como jefe de exportación (básicamente porque hablaba alemán) y entre los muros de la fábrica convivía diariamente con la familia, compuesta por el padre (el dueño de la fábrica), su esposa (muy clásica y de profesión “sus labores”) y uno de los hijos que pululaba por allí tratando de entender el negocio. Las instalaciones de la fábrica se mezclaban anárquicamente con las estancias familiares. Casi todas las semanas se presentaba algún camión procedente de Alemania para cargar material y generalmente actuaba de intérprete mi amigo, hasta que una fría mañana de 1993 uno de los camioneros llegó antes de lo previsto…  Dado que mi amigo, el jefe de exportación, aun no había llegado a la fábrica, el camionero alemán fue atendido por “la señora de la casa”.

La mujer al ver aparcar el camión salió apresuradamente a recibirle. Salió al patio como habitualmente se desplazaba por sus dominios: con un grueso batín guateado estampado con florecillas rosas. Una delicia para la abeja Maya. Se acercó muy sonriente al camionero alemán sin sospechar siquiera que aquel hombre no hablaría ni palabra de español y mucho menos de valenciano, la lengua materna y habitual de esa familia. Tras intercambiarse unos protocolarios “buenos días” (algo que los camioneros de todo el mundo saben decir en 250 lenguas diferentes) el camionero pidió “muy correctamente” a la señora si sería posible disponer de un “cacito”.

¿Para que querrá este buen hombre un “cacito”?  Pensó fugazmente nuestra protagonista, mientras se alisaba la bata guateada para que las florecillas no desmerecieran. Sin embargo, y más allá de su extrañeza, su respuesta no pudo ser más amable: “¿Un cacito? Hombre de Dios ¡por supuesto que tengo un cacito! Enseguida se lo traigo…” Y se introdujo rápida en la cocina para buscar el pequeño cubo que tan amablemente le pedía el camionero alemán. ¿Como no iba ella a contar entre sus enseres con un cacito? Era una mujer de su casa y tenía de todo. Pocos segundos después salía al patio de cargas, más sonriente aún que la primera vez, y portando entre sus manos un cubo metálico de pequeñas dimensiones. Un cacito; casi un cuenco. Justo lo que el alemán necesitaba.

Sin embargo, cuando el alemán la vio aparecer con el cacito retrocedió levemente hacia atrás, como hubiera hecho un vampiro ante una ristra de ajos. “¡¡Nein, nein!! – profirió aturdido el alemán- lo que yo quiero es un cacito, Madam. Nuestra heroína no daba crédito. ¿Pero qué tipo de cacitos necesitan estos alemanes? - pensó - Es increíble lo exigentes que pueden ponerse a veces. En fin, ya que insiste, le buscaré otro cacito algo mayor. Lo cierto es que el camionero pasaba de los dos metros de altura y de los 150 kilos de peso y probablemente en su escala vital todo tuviera que ser de mayores dimensiones.

Volvió a su cocina y salió inmediatamente con un nuevo cubo. Era algo mayor que el cacito solicitado, pero ya sabría el alemán para qué demonios lo necesitaba. Sin embargo, la expresión del alemán cuando la vio aparecer con el cubo fue desalentadora. Su rostro tenía un rictus doloroso y su piel se mostraba extremadamente colorada. Incluso creyó entrever que unas gotas de sudor resbalaban por su sien. “¡Nein, nein meine liebe Dame! Dijo el camionero. ¿Cómo? ¿Qué no quiere usted mi cacito? ¡Anda y tome el cacito de una puñetera vez o me va usted enfadar de verdad! En esas estaba la señora cuando apareció mi amigo. Su providencial y oportuna aparición evitó un potencial conflicto hispano-germano, cuando faltaban segundos para la tragicomedia.

¿Qué es lo que había sucedido? Mi amigo lo aclaró inmediatamente con el camionero. Era todo muy sencillo. Un problema de comunicación. Lo más habitual en el ser humano.

El alemán le explicó, muy sofocado, que hacia pocos minutos había aparcado su camión en la zona de cargas con la intención de orinar inmediatamente, pues llevaba aguantando casi 200 kilómetros (el sabría las razones de esa contención mortificadora). Justo cuando se disponía a bajarse discretamente la bragueta vio aparecer a la “pequeña señora con una extraña tunica florida” y en vez de miccionar en el descampado como era su intención se vio obligado a preguntar a la señora  “dónde estaban los servicios” El buen hombre utilizó el inglés, un idioma que él consideraba erróneamente internacional, así que lo que dijo a la señora de la bata guateada fue: Where is the TOILETTE? Resulta que la palabra toilette (de origen francés) se pronuncia casi igual que el término coloquial valenciano poalet, cuya traducción libre al español podría ser la de pozalito o cacito (un cubo de pequeñas dimensiones, vaya). Nadie en su sano juicio habría pensado que un camionero proveniente de Leipzig, norte de Alemania, iba a dominar el valenciano, pero nuestra protagonista si lo creyó pues si ella hablaba valenciano lo normal es que el resto del planeta lo hiciera también y cuando escuchó toilette tuvo la certeza de que el alemán le preguntaba por un poalet y es justo eso lo que le ofreció.

Sin embargo, al otro lado de la línea comunicativa, la visión de los hechos era bien distinta: el alemán preguntó por los servicios y lo que vio fue a una “pequeña señora disfrazada con una túnica” que le ofrecía insistentemente un cubo a modo de mingitorio. Es verdad que el alemán consideraba a los españoles como una especie ligeramente evolucionada del Homo Antecessor, pero aquella costumbre del cubo-mingitorio le parecía bárbara incluso hasta para el español más untermenschen. Cuanto más protestaba ante la señora de que no era “eso” lo que necesitaba, más grande le ofrecía el cubo y más agresiva se mostraba la mujer. Mientras tanto su vejiga iba a estallar. Justo en el preciso instante en que mi amigo apareció el camionero se había ya resignado orinar en el cubo, bajo la atónita mirada de la señora de la bata guateada. No sucedió, pero poco faltó para que así acaeciera.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Tus comentarios son bienvenidos, con el único requisito del respeto y educación debida. El autor de este blog no se hace responsable de los comentarios o ideas vertidas por otras personas.