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viernes, 28 de diciembre de 2012
EL FIN DEL MUNDO, LOS MAYAS Y RIGOBERTA MENCHÚ
Tuve la oportunidad de cenar con la premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchu en agosto de 2010 (foto), al termino de un congreso internacional en Colombia sobre RSC en el que ambos participamos como ponentes. Dado que nuestras conferencias fueron consecutivas, esa noche cenamos juntos. Hablamos mucho y comimos aun mas (algo que no sorprenderá a quienes me conocen).
Me llamaron la atencion de Rigoberta Menchu varias cosas: su proximidad y dulzura, su modestia (que no me pareció una pose), su contundencia al no pretender perdonar a los asesinos de su familia "si ellos antes no pedían su perdón" y su enorme interés en el calendario maya y en el "Nahual" (valores y rasgos de personalidad asociados a los signos "zodiacales" mayas). En este ultimo aspecto, la premio Nobel era una verdadera creyente y de las tres horas que pasamos juntos, mas de dos estuvieron dedicadas a la importancia del "Nahual" y su influencia en casi todo.
Dado que soy un maldito escéptico en todo tipo de predestinaciones derivadas de conjunciones astrales o fuerzas de la naturaleza, me lo pase muy bien polemizando con la Sra. Menchu. ¡No siempre se tiene la oportunidad de contradecir a una Nobel de la paz frente a unas coca-colas light! :-) Por cierto, que prometió enviarme por e-mail la información correspondiente a mi "nahual" (ella estaba casi segura acerca del animal que me correspondia) y aún no lo ha hecho. ¿Acaso mi escepticismo la disuadió de ello?
He explicado todo esto a modo de preámbulo de esta noticia que hoy circula sobre unas declaraciones de Rigoberta Menchu acerca de la supuesta profecía maya sobre el fin del mundo que debería ser ... dentro de un rato!
He aquí la noticia:
"Rigoberta Menchú lamenta el mal uso y las burlas hacia el calendario maya
La ganadora del Premio Nobel de la Paz hizo un llamado a la sociedad para dejar a un lado la idea sobre el fin del mundo
La Premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú, quien arribó el domingo pasado a Yucatán, México, lamentó "el mal uso" del calendario maya con la difusión de un supuesto fin del mundo, y llamó a revalorar el mensaje de paz y renovación que en realidad heredó dicha civilización.
"Es un buen momento para la reflexionar y pedir perdón por todo el daño a la humanidad", dijo durante la conferencia La cultura maya en el siglo XXI, dentro del Festival de la Cultura Maya 2012.
La promotora de los derechos indígenas se pronunció contra la errónea interpretación que se ha dado al calendario maya y que ha sido motivo de "burla en diferentes países", sobre todo Estados Unidos.
"Es una falsedad que se acaba la humanidad, porque eso es algo de mucho tiempo atrás. Debemos aprovechar para pedir perdón de todo lo malo que hemos hecho a lo largo de nuestra existencia", dijo.
Según Menchú existe "una total ignorancia del manejo del calendario maya", y "el sensacionalismo nos ganó. El 22 de diciembre, los mayas hablaremos de lo que significa el sagrado calendario maya".
Exhortó a la sociedad a realizar un "rito espiritual dejando atrás la religión para enfocarse en un encuentro propio. Hay incertidumbre en la humanidad. Es una burla lo que se ha hecho desde Hollywood sobre el calendario maya.
"El 21 de diciembre dediquen un momento para dar gracias a la vida, al sol, a la luna. Interactúen con el sol y la tierra, mediten, es una fecha espiritual para pedir perdón. El 22 esperen la salida del sol. será ahí cuando los mayas hablemos", indicó ante estudiantes, catedráticos y funcionarios de gobierno reunidos en las instalaciones del Gran Museo del Mundo Maya"
Las cosas más reales son aquellas que ni los chicos ni los hombres pueden ver
Hace mucho tiempo, el 21 de
septiembre de 1897, “The Sun”, un
periódico de Nueva York desaparecido en 1950, publicaba la respuesta del diario
a una carta enviada al director por una niña de ocho años que respondía al
nombre de Virgina O´Hanlon.
La pequeña, que vivía en el 115 Oeste de la calle 95, en el elegante Upper West Side de Manhattan, preguntaba a “The Sun” algo absolutamente elemental y trascendental para alguien de su edad: “Estimado director: Tengo ocho años. Algunos de mis amiguitos dicen que Santa Claus no existe. Mi papá me ha dicho: si lo ves escrito en el Sun, es que existe. Por favor, dígame la verdad; ¿existe Santa Claus?”
La pequeña, que vivía en el 115 Oeste de la calle 95, en el elegante Upper West Side de Manhattan, preguntaba a “The Sun” algo absolutamente elemental y trascendental para alguien de su edad: “Estimado director: Tengo ocho años. Algunos de mis amiguitos dicen que Santa Claus no existe. Mi papá me ha dicho: si lo ves escrito en el Sun, es que existe. Por favor, dígame la verdad; ¿existe Santa Claus?”
Lo que en cualquier redacción del
mundo hubiera ido directamente a la basura, se convirtió gracias a la pluma del
periodista Francis P. Church, en un artículo editorial inolvidable que, todavía
hoy, se sigue publicando, en fechas navideñas, en muchísimos medios
informativos del mundo.
El veterano reportero, que había
cubierto varias guerras y conflictos a lo largo y ancho del mundo, recibió con
desagrado inicial la tarea de dar cumplida respuesta a la carta, tal y como le
había encargado el director del periódico, Edward Mitchel. Pero, a pesar de
ello, Francis P. Church compuso una auténtica obra maestra, imposible de
relegar al polvo del olvido que habitualmente se acumula en las hemerotecas.
LA CARTA AL DIRECTOR DE VIRGINIA:
Querido Editor: Tengo 8 años. Algunos de mis pequeños amigos dicen que
Papá Noel no existe. Papá dice "Si lo dijeran en 'The Sun', así
sería". Por favor díganme la verdad ¿existe Papá Noel. Virginia O'Hanlon.
RESPUESTA DEL PERIODISTA FRANCIS P.
CHURCH:
Virginia, tus pequeños amigos están equivocados. Ellos han sido afectados
por el escepticismo de una época escéptica. Solamente creen lo que ven. Piensan
que no existe nada que no sea comprensible por sus pequeñas mentes. Todas las
mentes, Virginia, sean de hombres o de chicos, son pequeñas. En nuestro gran
universo, el hombre es un mero insecto, una hormiga, en su intelecto, en
comparación con el mundo ilimitado alrededor, y con la inteligencia
incalculable necesaria para aprehender toda verdad y conocimiento.
Sí, Virginia, Santa Claus existe. Él existe con tanta seguridad como
existen el amor y la generosidad y la devoción, y tú sabes que ellas existen y
dan a tu vida la mayor belleza y alegría. ¡Ay! qué triste sería el mundo si no
existiera Papá Noel! Sería tan melancólico como si no hubiera Virginias.
Entonces no habría f infantil, ni poesía, ni romanticismo para hacer tolerable
esta existencia. No tendríamos ningún placer, excepto por la razón o por la
vista. La luz con la que la niñez llena el mundo se habría extinguido.
¡No creer en Papá Noel! También podrías no creer en las hadas. Podrías hacer que tu papá ponga hombres a mirar en todas las chimeneas en Nochebuena para encontrar a Papá Noel, pero aún si no vieran a Papá Noel bajando, ¿qué probaría eso? Nadie ve a Papá Noel, pero eso no es una señal de que no existe. Las cosas más reales en el mundo son aquellas que ni los chicos ni los hombres pueden ver. ¿Viste hadas bailando en el prado? Por supuesto que no, pero esa no es una prueba de que ellas no estén allí. Nadie puede concebir o imaginar todas las maravillas que todavía no se han visto o que son invisibles en el mundo.
¡No creer en Papá Noel! También podrías no creer en las hadas. Podrías hacer que tu papá ponga hombres a mirar en todas las chimeneas en Nochebuena para encontrar a Papá Noel, pero aún si no vieran a Papá Noel bajando, ¿qué probaría eso? Nadie ve a Papá Noel, pero eso no es una señal de que no existe. Las cosas más reales en el mundo son aquellas que ni los chicos ni los hombres pueden ver. ¿Viste hadas bailando en el prado? Por supuesto que no, pero esa no es una prueba de que ellas no estén allí. Nadie puede concebir o imaginar todas las maravillas que todavía no se han visto o que son invisibles en el mundo.
Puedes romper el sonajero de un bebé y observar qué es lo que genera el
ruido adentro. Pero hay un velo cubriendo el mundo invisible que ni el hombre
más fuerte, ni aún la fuerza unida de todos los hombres más fuertes que alguna
vez hayan vivido, puede romper. Solo la fe, la poesía y el amor romántico
pueden descorrer esa cortina y mostrar la suprema belleza y gloria que hay
detrás. ¿Es todo eso real? Ah, Virginia, en este mundo no hay nada más real y
perdurable.
¡Que no hay Papá Noel! Gracias a Dios, él vive y vivirá para siempre.
Dentro de mil años, Virginia, más aún, dentro de 10 veces 10.000 años, él
continuará alegrando el corazón de los niños.
Francis P. Church, "The New York
Sun", 1897
viernes, 3 de agosto de 2012
MAMA EN LA VIEJA FOTOGRAFÍA
Mama,
he vuelto a ver aquella vieja fotografía en blanco y negro. Es un encuadre
hermoso, improvisado; sois seis personas, la isla de Terreros al fondo. Y el mar; ese mar
que siempre ha sido la nana tranquila de nuestras vidas. Sois seis personas: los
abuelitos, los titos, papa y tú. Erais entonces más jóvenes que ahora mismo lo
soy yo.
La
abuelita, sentada y austera, alejada del grupo, quizás aprisionando en su
corazón un millón de besos que nunca liberó totalmente. El papa, tal como era y
sigue siendo, flexible, curtido de cemento y sal y meditabundo; acaso calculando
la estructura de algún sueño que recubriera de ilusiones ese esqueleto desnudo de
chalet que empieza a reconocerse. La tita y Paco son los únicos atentos a la
cámara, los únicos. Tú, sin pretenderlo, atraes la mirada del corazón que
escruta…
Y
es en ese encuadre hermoso de mar y yeso, en el que tú, mama, abrazas y
susurras algo a tu padre. No hay pose en ese instante en que yo sé que tu mundo
y tu universo entero era el Maestro. Y a pesar del tiempo que erosiona la
memoria como la ola desgasta año tras año las rocas arenosas de El Puntal,
perdura en esa imagen robada al olvido una sonrisa tan dulce y plena que al
verla he sentido tu esencia más pura…
¿Qué
susurrabas al Maestro, madre, cuyos ojos ilusionados puedo imaginar detrás de
sus gruesas gafas y su media sonrisa? ¿Qué le decías -que nos dices, madre- con
ese abrazo que siempre ha sabido ser tan maternal como filial? Y aunque el
susurro quedó impreso y mudo en la fotografía yo puedo imaginar mil cosas: ¿papaico,
a que es precioso este chalet que está construyendo Fernando?, ponte el
sombrero papaico no vayas a quemarte ¿que te gustaría que hiciera hoy de
comida, papa? … También imagino en tu abrazo algo así como un querer sustraer
al tiempo ese hermoso momento, pues creo que tú amas tanto la vida y a sus
criaturas porque sabes serenamente que todo es contingente. Todo menos el amor
que ofreces, que perdura para siempre. No olvides esto, mama, aunque no te lo
diga muy a menudo. Muchos años después te vi abrazar al maestro por última vez,
frotarle sus pies entumecidos y besar su noble frente, luchando a zarpazos contra
esa muerte que quería arrebatártelo.
Hace
más de cuarenta años eras así y hoy en nada has cambiado, mama. Me lo cuenta
esa fotografía delatora de un alma tan grande que por más que yo quisiera
expresarlo en palabras siempre empequeñecerían ante la simplicidad de esa
imagen en la que abrazas con ternura a tu padre mientras apoyas tu cabeza en
sus hombros. Y vuelvo a mirar la foto y compruebo que tu rostro es hoy el de entonces.
Ahora sonríes; lo sé. ¿El mismo?, te preguntaras irónica. No, no has cambiado,
madre. Tus abrazos siguen siendo igual de cálidos; tu sonrisa igual de
verdadera; los cuentos y poemas que hoy escribes a tus nietos me trasladan a aquellos
tiempos rebosantes de cisnes, margaritas y gatos mirando la luna que solías
dibujarnos sobre un papel; me llevan a tus cartas diarias a África, tan frescas
y vitales como un baño en la mar y que volvieron a ser mi cordón umbilical a
una vida que me dolía. No has cambiado, madre, pues tu mirada sigue como antaño
y es esa misma luz ilusionada la que veo en tus ojos cuando los miro. La misma
que trasluce en el tierno abrazo al Maestro de Huitar y que resume la idea
grande y perfecta que tienes del amor.
Mama,
pasan los años y, a diferencia tuya, no soy muy dado a ternuras. Me sigue
costando mostrar mis sentimientos; por más que sepa que tú sabes. Pero he visto
la foto y he sentido la necesidad de decirte con palabras imprecisas que te
quiero, que tengo los mejores recuerdos de una infancia que nos construisteis
preciosa y que ojala podamos dar a nuestro hijo Alejandro tanto amor y tan
bueno como tu me has dado. Sé que temes partir antes de ver a tu nuevo nieto
(tus poemas a veces parecen mensajes desde el futuro) y aunque eso no va a
suceder, quiero que sepas que si ocurriera tu serás para siempre el hada, y la
reina, y la maestra, y la poetisa y la anciana serena de mis cuentos a mi niño…
HISTORIAS DE FAMILIA: EL SORTEO DE QUINTOS
Una
vieja historia que le contó mi abuela a mi madre y ésta me transmitió a mí.
Época: primera década del siglo XX. Lugar: un pequeño pueblo de Almería.
Contexto militar de la época: la llamada de Guerra de África, en el Marruecos
español (Rift) era una verdadera sangría. Nadie quería que sus hijos fueran a
morir a ese secarral africano y quien podía pagar por no hacer mili se libraba
(redención). Sin embargo al cumplir los 19 años debían todos los muchachos pasar
por el “Sorteo de Reclutas”, que marcaría su destino (África u otro destino más
confortable). En este pueblecito había solo 2 muchachos para el sorteo. Uno era
“el tontico del pueblo”, un zagalón huérfano de escasos recursos; el otro era
hijo del “señor alcalde”. El sorteo debía ser realizado en presencia de las
fuerzas vivas del lugar, entre las que estaba el propio alcalde. Como la España de aquellos tiempos
era aún más corrupta que la actual (se que es difícil de imaginar), las fuerzas
vivas pactaron secreta y tramposamente la siguiente estratagema para que la
“suerte” eximiera al hijo del alcalde.
¿En
que consistía la trampa? Dado que solo había 2 muchachos para el sorteo, debían
prepararse 2 papeletas en las que apareciera escrito: “Para África” o “Exento”.
Sin embargo, los muy fulleros acordaron escribir en ambas papeletas “Para
África”. Por lo tanto, quien sacara en primer lugar la papeleta sacaría sin
duda el temido destino y en buena lógica ya no sería preciso sacar la segunda,
pues era evidente que sería “Exento”. Las fuerzas vivas acordaron que era
esencial que el primero en elegir la papeleta fuera el tonto del pueblo. El
alcalde se ocuparía de que así lo hiciera, usando una oratoria demagógica a la
que estaba bien acostumbrado.
Cuando
llegó el día del sorteo, toda la población se concentró en la plaza del pueblo.
Nadie quería perderse un acto que tenía mucho de funeral, pues el zagal que
tuviera que marchar a África probablemente no regresaría vivo al pueblo. Allí
estaba el alcalde, solemne y orondo, junto a las otras fuerzas vivas. Empezó su
discurso con voz trémula: que si el valor y potencia de la juventud, que si la
patria y el sacrificio, etc. Explicó entonces que en la urna de cristal había 2
papeletas: una de ellas significaba partir para África, la otra librarse de la
mili. Dado que de los dos muchachos en edad militar uno era su propio hijo, “no
quería de ninguna manera hacer uso de su privilegio como alcalde para su
cachorro eligiera primero”. En consecuencia, proponía que fuese el primero en
elegir “el pobre huérfano, a quien tantos desvelos había dedicado el
ayuntamiento”. Las fuerzas vivas asentían circunspectas sus cabezas, como
aprobando la justa e imparcial decisión del alcalde. El pueblo callaba.
El
tonto del pueblo estaba abrumado. Intentó ceder la prioridad de elección al
hijo del alcalde, pero el alcalde volvió a insistir en que “no podía permitir
que un hijo del pueblo quedara relegado, en tan sagrado momento”. Tanta fuerza
viva, tanta palabrería había obnubilado a nuestro tonto. Se vio acorralado. Se
olía algún tipo de trampa, pero no podía saber en que consistía; así que hizo
lo que le dictó el instinto de supervivencia: alargó lentamente su manaza,
eligió dubitativamente una de las papeletas y, sin dar tiempo a nadie para que
se la arrebatara, se la comió. Mientras masticaba la papeleta tuvo fuerzas para
decir “¡Yo ya he dado gusto al señor alcalde y he elegido primero; ahora le
toca a su hijo eligir y leer la papeleta! Vaya papeleta la del señor alcalde;
pues si su hijo abría la papeleta habría de salir “Para África” y si se negaba
a ello, quedaría patente ante todo el pueblo su repugnante marrullería.
No
era tan tonto el “tonto del pueblo” ¿verdad? Su elección instintiva e
improvisada fue, racionalmente, la única que podía salvarle, como así fue.
HISTORIAS DE FAMILIA: NOCHE EN EL CEMENTERIO VIEJO
El
mayor de zagales no tendría más de doce años y el grupo caminaba con paso
incierto hacia el “cementerio viejo” de Lorca. Atardecía y tenían el miedo
ambiguo que atenaza el alma cuando anhelando ser hombres aún conservamos el
armazón frágil de un niño. Tenían el miedo impreciso germinado por viejas
historias musitadas al calor de la hoguera, y por ello trataban de disimular su
temor bromeando y tarareando las canciones de guerra que en 1937 eran la triste
banda sonora de todo el país. Eran niños de su época: libres, pobres y
naturales; en ocasiones, también brutales y crueles. Niños de su época. Aquel
grupo que se recortaba frente al crepúsculo había decidido gastar una broma
pesada a uno de sus nuevos amigos. Liturgias de iniciación, siempre salvajes y
descarnadas, desde los tiempos de Mitra.
Esa
noche, para demostrar su “hombría” el novato debería saltar la alta tapia del
cementerio, recorrer su avenida principal cubierta de huesos enmarañados con
yerbajos secos y raspantes y buscar un antiguo panteón neogótico. No le
resultaría difícil encontrarlo, pues su estilizado perfil, negro y tenebroso,
sobresalía orgulloso detrás de los muros de la ciudad muerta. Flanqueaban la
entrada del panteón dos ángeles negros: sus alas marmóreas estaban abatidas
como espadas rendidas y con ambas manos ocultaban un rostro jamás mostrado en
el que se intuían lágrimas amargas e inmortales. Al llegar allí el “novato” tendría
que apartar ligeramente la verja oxidada y chirriante, entrar en la pequeña
capilla desde cuyo rosetón se filtraba la pálida luna, abrir uno de los
sarcófagos mil veces profanados y coger –como prueba de valor- un cráneo
cualquiera. Así eran los juegos infantiles en 1937, cuando en realidad el
verdadero horror se producida fuera de los cementerios.
Ese
era parte del plan. La broma, sin embargo, consistía en que poco antes de que
llegara el “novato”, uno de los zagales, el más valiente, se escondería en uno
de los ataúdes, esperaría a su “víctima” y cuando la sintiera entrar en el
panteón (la verja chirriante), saltaría desde su siniestro cobijo con un cráneo
en una mano y chillando como un poseso. El susto sería terrible y los demás
muchachos, ocultos a pocos metros, lo pasarían estupendamente viendo la cara de
terror del novato, aun más fantasmal bajo el sudario blanco de la luna. Un plan
espléndido.
El
grupo llegó al panteón media hora antes que el novato. Se sentían algo más
relajados, ahora que habían saltado los muros del cementerio y la retirada era
en ese punto impensable. Eran las once y media de la noche. Había que tomar
posiciones y adaptar el decorado. Unas velas por aquí, un fémur elegantemente
colocado sobre el altar de mármol partido, una quijada con tres dientes sobre
aquel ataúd. El zagal más valiente, sin embargo, empezaba a sentir un miedo creciente
y ya estaba arrepentido de haberse prestado voluntario para la desagradable
misión de esconderse dentro del ataúd, combado por la humedad de la muerte.
Pero había dado su palabra y no quedaba sino seguir con el plan; así que se
introdujo algo melindroso en el sarcófago. Apartó con una mano fragmentos de
esqueleto y jirones de ropa, despojos al cabo bien conocidos tras años de
visitas furtivas al cementerio. Una vez dentro, deslizó lentamente la pesada
tapa del ataúd dejando solo una pequeña
abertura desde la que, cuando llegará el
momento, asomaría el cráneo ululante de la noble calavera. Tenía por delante un
cuarto de hora eterno hasta que el novato entrara en la cripta. En su tétrico
escondite, la luna iluminaba solamente un pequeño rectángulo a la altura de su
antebrazo derecho. Todo lo demás era negro, húmedo e incierto.
Lo
que sucedió a continuación nunca se supo ciencia cierta. El caso es que cuando
faltaba muy poco para que las campanas anunciaran la medianoche, el valiente
bromista notó que desde el otro extremo del ataúd unas uñas frías y casi
imperceptibles recorrían, lentamente, su tobillo. Trató de racionalizar lo
irracional. No podía mostrar miedo, pues eso le marcaría para siempre con el
infame estigma de la cobardía. Debía haber una explicación, así que trago
saliva y miro hacia el extremo negrísimo del ataúd.
Eran muy amarillos. Unos ojos brillantes y amarillos que le
miraban desde el infierno. No necesitó más. Aulló como una fiera y saltó
bruscamente del ataúd, asiendo todavía con una mano el cráneo desquijado. Notó
fragmentos de madera penetrar en su hombro izquierdo, pero eso no le impidió
seguir corriendo desde las tinieblas a la oscuridad. La brusquedad de su salto
y su grito terrorífico, produjo una reacción en cadena: todos los zagales
ocultos saltaron espantados de sus escondrijos, corriendo en estampida hacia la
salida del cementerio. En su desordenada huida arrollaron al novato quien
durante muchos años creyó que todas las ánimas del Purgatorio se habían
confabulado para castigar la impiedad de haberse saltado una misa. Una vez
agrupados, extramuros, comprobaron que no había bajas y que estaban todos.
Magullados, temblorosos, pálidos de luna y miedo, pero vivos. Nunca más volvieron
a hablar de aquella noche en la que el más valiente del grupo se atrevió a
mirar directamente a los ojos de un demonio agazapado.
Mientras
tanto, en lo más oscuro de un ataúd del panteón neogótico, una gata protectora
lamia maternalmente las cabezas de sus ronroneantes crías…
Esta
historia me la contaba mi padre siendo yo niño y tal cual la recuerdo la he
escrito. El era uno de aquellos niños.
UN PAR DE PEQUEÑOS PEUCOS
Anoche
(marzo 2012) le explicaba a mi hijo algunas cosas de la Pasión. No dejaba de
preguntarme y quizás por eso tuve un sueño que reproduzco a modo de cuento:
“Hacia muy poco que habían descendido de la
cruz a Jesús y la oscuridad cubría el Gólgota. Limpiaba José de Arimatea las
heridas de su amado crucificado y entre los jirones de ropa ensangrentados que
aun le cubrían descubrió un pequeño saquito entretejido de esparto. No supo
José si debía cogerlo o dejarlo para siempre en el sepulcro. Finalmente pudo
más la veneración y optó por llevárselo.
Por
la noche, en la calma de un hogar más triste y silencioso que nunca, José de
Arimatea abrió el saquito de esparto: allí solo había un par de pequeños calcetines
y él comprendió enseguida su significado. Esa noche durmió profundamente.
Al
alba, fue a visitar a su sobrina María, la madre del crucificado. Estaba pálida
y el sufrimiento de los últimos días había hecho mella en su infantil belleza.
José de Arimatea no dijo nada, pues sabia que nada podría decir para aliviar el
desgarro de una madre que había visto morir a su hijo. Así que solo tendió sus
manos hacia las de María y depositó tiernamente en ellas los peucos que mucho
tiempo atrás tejiera para su bebe, nacido en Belén.
José
de Arimatea, quizás erróneamente, tuvo la intuición de que había muerto el Hijo
de Dios pero también un hombre que en sus últimas horas encontró el consuelo en
aquellos desgastados peucos rebosantes de calor maternal”
(Posdata:
Los niños son los maravillosos mecenas que nos obligan a recrear la historia y
a descubrir la magia que fuimos olvidando a lo largo del camino)
jueves, 28 de junio de 2012
ALEGATO CONTRA EL FUTBOL
Ayer
escribí en mi muro de Facebook lo siguiente: “Otro año más batiendo mi record de no haber visto un partido de fútbol
en mi vida (48 años). Ni uno y no exagero. Hasta hace unos años era por puro
desinterés. Ahora sumo al nulo interés, un cierto esnobismo al reconocerme
miembro de una reducida comunidad de friki-resistentes (menos del 0,2% de la
población que JAMAS ha visto un partido)”.
El comentario abrió –es lo que pretendía- un divertido
y amistoso debate acerca de las ventajas e inconvenientes del fútbol. Trataré de
sintetizar mis puntos de vista y, sobre todo las razones de mi desafección al
“Deporte Rey”.
1. Hay quien afirmó "¡Tu te lo pierdes!" y ello me lleva a analizar el
concepto de pérdida. La idea de
pérdida viene definida por el valor que demos a lo perdido. Nadie consideraría
que pierde a la semana kilos de detritus cuando recogen la basura de la puerta de su casa. Más bien se
libera de ellos. Me explico: Ayer, durante las horas de partido (y sus
prolegómenos y ruidoso epílogo) pude realizar varias actividades que valoro
mucho más que el fútbol. En ese sentido, más que perdida yo tengo la sensación
de obtener ganancias.
2. Otros amigos consideraron que "los extremismos siempre son malos", refiriéndose a mi negativa a ver partidos de fútbol. Niego la mayor. También soy extremista al no aceptar el totalitarismo o respetando a los Derechos Humanos y, en ambos casos, creo que se trata de un “extremismo” más bien bueno. No hay que confundir gustos o preferencias con extremismos. Eso seria una postura extrema. Si, efectivamente, algún día mis hijos gustaran del futbol, no me quedará más remedio que acompañarles (durante unos años) a los partidos. El amor de un padre supera ciertas filias y fobias y el interés de mis hijos -y solo eso- haría que yo me animara a visitar un campo de futbol. En todo caso, a Dios pongo por testigo de que tratare de sembrar en mis hijos todo lo necesario para que sepan que hay otros mundos más allá del fútbol. Y luego que elijan en libertad. No les ocultaré la existencia del fútbol (¿cómo hacerlo en una sociedad subyugada mediáticamente por ese negocio?) pero no lo exaltare, ni lo promocionare. Mis padres no vieron nunca fútbol (sin duda alguna esa es la razón de mi desafección) pero me rodearon de otras maravillas. Les estaré siempre agradecido por ello. Lo que hoy se, admiro, las cosas sobre las que escribo, lo que busco, anhelo y disfruto es el resultado de las semillas que ellos cultivaron en nuestra hogar. Ni mejores ni peores que otras, pues cada hombre ha de encontrar su camino de entre los muchos que la vida ofrece. Lo importante es saber que otros mundos más allá del fútbol y después –y solo después- elegir en cuales se desea vivir.
2. Otros amigos consideraron que "los extremismos siempre son malos", refiriéndose a mi negativa a ver partidos de fútbol. Niego la mayor. También soy extremista al no aceptar el totalitarismo o respetando a los Derechos Humanos y, en ambos casos, creo que se trata de un “extremismo” más bien bueno. No hay que confundir gustos o preferencias con extremismos. Eso seria una postura extrema. Si, efectivamente, algún día mis hijos gustaran del futbol, no me quedará más remedio que acompañarles (durante unos años) a los partidos. El amor de un padre supera ciertas filias y fobias y el interés de mis hijos -y solo eso- haría que yo me animara a visitar un campo de futbol. En todo caso, a Dios pongo por testigo de que tratare de sembrar en mis hijos todo lo necesario para que sepan que hay otros mundos más allá del fútbol. Y luego que elijan en libertad. No les ocultaré la existencia del fútbol (¿cómo hacerlo en una sociedad subyugada mediáticamente por ese negocio?) pero no lo exaltare, ni lo promocionare. Mis padres no vieron nunca fútbol (sin duda alguna esa es la razón de mi desafección) pero me rodearon de otras maravillas. Les estaré siempre agradecido por ello. Lo que hoy se, admiro, las cosas sobre las que escribo, lo que busco, anhelo y disfruto es el resultado de las semillas que ellos cultivaron en nuestra hogar. Ni mejores ni peores que otras, pues cada hombre ha de encontrar su camino de entre los muchos que la vida ofrece. Lo importante es saber que otros mundos más allá del fútbol y después –y solo después- elegir en cuales se desea vivir.
3. La vida es demasiado corta y hay demasiadas cosas bellas a nuestra disposición para que me decante servilmente por el fútbol. Si, servilmente; esto es, plegándome sin objeción a la decisión caprichosa de un nuevo Señor Feudal que decide cuando debo interrumpir mi vida para dedicarle mi tiempo, mis energías y mis aplausos o abucheos a sus mesnadas durante unos torneos cada vez más invasivos y abundantes. Cuando decido leer un libro, disfrutar de una pintura, un concierto o una película no hay nadie que me obligue a parar mi vida para hacerlo tal día a tal hora. Soy yo, en libertad, quien decide cuando empiezo y termino. El fútbol no permite ese pequeño acto de soberanía sobre miles de horas de nuestras vidas breves. Si, miles de horas. Multiplicad las 2 horas de cada partido (y no incluyo el pre y post + los periódicos + los programas de TV/radio) por el numero de partidos vistos al mes o año y comprobareis el tiempo dedicado. Un rápido repaso al catálogo de la oferta futbolera, puede centrar la cuestión: Liga Española de Fútbol (incluidas la 1ª, 2ª y 3ª división, así como las regionales), Copa del Rey, Supercopa, Copa Federación, Copa de Liga, Copa del Mundo de la FIFA, Torneo Olímpico de Fútbol, Eurocopa (y luego las sub-21, Sub-19, etc), Copa FIFA Confederaciones, … En fin, un santoral cuya observancia rigurosa (como suele suceder debido a la presión mediática y social) somete al acólito –a cientos o miles de partidos a lo largo de su vida. Insisto en que se trata de preferencias y gustos personales. En mi escala de gustos el fútbol va inmediatamente después de "pasear descalzo por un vertedero de basuras" y antes de un “recital privado de Luis Aguilé”
El tiempo es un bien muy escaso y rechazo el fútbol porque tengo la seguridad de que el día que me llame la Parca no habré podido leer todos los libros reseñados y pendientes de leer, ni escuchar o descubrir toda la música bella que se ha compuesto, ni gozar de obras de arte ocultas que aún esperan ser descubiertas, ni ver tanto cine deslumbrante que ilumina el alma (o al menos, ciertas almas), ni hablar todo lo que quise con mis hijos, ni reunirme como hubiera deseado con todos aquellos a quienes quiero y que tarde o temprano se irán marchando, ni habré podido escribir todo lo que quisiera, ni habré aprendido a tocar bien el piano ... Por eso, a causa de esa "vida breve", cuando dedico mi tiempo en ciertos placeres trato de que la "afición" no se convierta en "adicción" y que el placer sea realmente gozoso.
El fútbol no me gusta: me aburre y me parece
ruidoso, repetitivo y cada vez más mecanizado y visceral. Hay también otras
"delicias" que no me gustan y que igualmente evito: la cerveza, el
tabaco, la televisión (viví sin ella hasta los 36 años) o los toros, por poner
solo unos pocos ejemplos. Quienes si
disfrutan con ellas me insisten en que debo repetir, probarlas más, insistir
obcecadamente hasta llegar a amarlas. Y yo me pregunto: ¿Qué necesidad tengo de
amar la cerveza, o el tabaco o el fútbol si me lo paso en grande con otros
vicios? Y ello me lleva a escribir algo obvio: no me gusta el fútbol, pero tengo
la fortuna de disfrutar con millones de otras cosas (como seguro que también le sucede a tantos futboleros). En consecuencia, no
necesito que el fútbol ocupe un espacio en mi vida (a pesar de los denodados
esfuerzos de los medios de comunicación para que no sea así). No pasa nada, es
una simple cuestión de prioridades y gustos (que como sabiamente nos recordó
Clint Eastwood: "son como los culos:
cada uno tiene el suyo"). No pretendo con ello ser o parecer mejor que
quien si disfruta con el fútbol. Casi todos mis mejores amigos y familiares son
"futboleros" y del mismo modo que ellos entienden mi posición, yo lo
hago con la suya. ¡Solo faltaría!
miércoles, 30 de mayo de 2012
PAYASOS FORZADOS
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| ¡Si, usted... salga al escenario! |
El otro día asistí -con otros tantos padres solícitos- a una fiesta de cumpleaños de un amigo de mi hijo de 5 años. Los anfitriones habían montado algo por todo lo alto (hoy ya no basta con las bolsas de papas de antaño, devoradas en un jardín); culminando el acto con un plato fuerte consistente en ...¡¡un Mago!!. Hasta ahí todo perfecto. El Mago, justo es reconocerlo, era muy bueno y muy divertido. Sin embargo, en un momento determinado de su actuación empezó a "sacar" a padres al escenario. No se trataba de recabar una pequeña ayuda para cortar una baraja, para cerrar unas esposas o para elegir una cinta de colores, no. Les hacia actuar de lo lindo. De golpe regresé a los tenebrosos días del colegio: "¡Navarro, salga usted al encerado!". Risas y cuchicheos de mis compañeros que sabían a ciencia cierta que no resolvería la formula matemática planteada por el profesor.
Fue exactamente igual que hacia cuarenta años. "Si, usted, querido papa ¡al escenario!" Miré hacia atrás con la vaga esperanza de que se dirigiera a otro desgraciado. Pero no fue así. De forma instintiva (atavismo de supervivencia) me había colocado al final de la sala y detrás mío solo había una pared que, además, me impedía la huida. Con gestos discretos y un pálido amago de sonrisa (casi un rictus) le hice ver que prefería no salir y que yo no era nada bueno en esas lides. Vano intento. El Mago, cuanto mas desesperado me notaba, mas vehemente y divertido se ponía, insistiendo premioso en que saliera (el muy cabrón, si ustedes me permiten).
Finalmente, y ante mi resistencia mular, brincó rápido del escenario, atravesó el pasillo central y asiéndome con fuerza de un brazo me arrastró hacia el escenario. No se por qué razón sentí una terrible empatía por aquellos pobres mayas arrastrados a lo alto de la pirámide para ser sacrificados a mayor gloria de Tezcatlipoca. No quedaba sino zafarme del persistente Mago con alguna llave de Hapkido o, menos sofisticado, con puñetazo certero en sus narices; pero la mirada angustiada de mi hijo (acaso anticipando esa reacción impropia de un "honrado padre de familia") me persuadió de no hacerlo y aceptar mi amargo cáliz con resignación cristiana.
En pocos segundos, durante los cuales pude ver imágenes de mi vida a velocidad vertiginosa, me encontré en lo alto de un escenario y frente a decenas de niños sonrientes y otros tantos rostros de padres irónicos y relajados al verse ellos liberados de la expiación. El Mago entonces empezó a hacer gracias conmigo y a pedirme, cada vez mas imperioso, que le diera la replica. Insisto en que puedo llegar a ser muy divertido, pero en otras circunstancias y nunca en un escenario con un humor impuesto y que no brota de mi. Cuando milagrosamente se me ocurría alguna "replica" medianamente idiota con la que yo pensaba ser liberado, mi torturador me exigía que bailara algo o diera unas vueltas a una silla o que sacara la lengua al escuchar su silbato. Básicamente me pidió "hacer payasadas" durante 5 larguísimos minutos, no teniendo yo vocación, ni cualidades, ni sobre todo ganas para ello. Seguirle el juego era mortificante. Negarse hubiera sido aun peor.
Termino diciendo que cuando yo voy a un espectáculo, lo menos que espero es que sean otros los que actúen y no yo. Yo ya "actúo" en otros lugares y jamás se me ocurre empezar una de mis conferencias haciendo subir al estrado a alguien de la ultima fila -vestido de payaso- y pidiéndole que, por favor, exponga en 20 minutos los vicios y virtudes en la ética aristotélica.
Por todo lo cual, pongo en conocimiento de todos los magos y actores que en el mundo existen que la próxima vez que insistan en sacarme al escenario para hacer de mascota yo me limitare a darles una fuerte patada en los cojones (si ustedes me permiten el vulgar desahogo).
ASESORES DE IMAGEN, PERSONAL SHOPPER Y ESENCIA
Empezamos a perder la inocencia y la vieja naturalidad cuando consentimos que un "asesor de imagen personal", alguien con un largo Cv y trilingüe, nos dijera que traje era mas adecuado a nuestra personalidad, que colores atraían a las masas del enjambre en el que vivimos y cuando y cómo debíamos sonreír (funerales incluidos).
Hoy la naturalidad se estudia, la improvisación se prepara, lo espontáneo se ha diseccionado mil veces en un aséptico laboratorio. Luego llegaron los "Personal Shopper" y se consumó la tragedia, pues no solo nos disfrazaban de lo que no éramos, sino que nos descubrían cuales eran nuestros caprichos y donde comprarlos. Hemos aceptado ser convertidos en "androides de protocolo" (serie C3PO) o, casi peor, "animatronics" de Disneyland. Máquinas desvirtuadas en movimiento continuo.
Hemos dejado de ser contingentes (Memento mori: recuerda que has de morir), para pasar a ser simplemente previsibles y fungibles (recuerda que has de consumir). Nos hemos convertido en tristes opositores a una imagen tan perfecta como inalcanzable; en opositores eternamente suspendidos y por ello permanentemente frustrados.
En otros tiempos los sueños, las aspiraciones, las metas eran poliédricas y teníamos de donde escoger: uno quería ser tan apolíneo como el David, otro tan piadoso como San Francisco, éste tan brillante como Chesterton, aquel tan aguerrido como Orellana, tan fiero como Bertrand Du Guesclin, tan sensible como Becquer, tan cínico como Wilde, tan pensador como Kant, tan musical como Mozart, tan plástico como Velazquez, tan culto como Toynbee, tan valiente como Juana de Arco, tan imaginativo como Julio Verne ... Hoy, sin embargo, solo queremos ser físicamente perfectos, eternamente jóvenes y aparentar (solo aparentar) una felicidad mas imposible cuanto mas buscada (como el arco iris o la línea del horizonte: cuanto mas pretendes tocarlos mas se alejan).
Termino con un pasaje de Dylan Thomas: “No entres dócilmente en en esa buena noche. Lucha, ¡lucha con rabia contra la muerte de la luz”
Hoy la naturalidad se estudia, la improvisación se prepara, lo espontáneo se ha diseccionado mil veces en un aséptico laboratorio. Luego llegaron los "Personal Shopper" y se consumó la tragedia, pues no solo nos disfrazaban de lo que no éramos, sino que nos descubrían cuales eran nuestros caprichos y donde comprarlos. Hemos aceptado ser convertidos en "androides de protocolo" (serie C3PO) o, casi peor, "animatronics" de Disneyland. Máquinas desvirtuadas en movimiento continuo.
Hemos dejado de ser contingentes (Memento mori: recuerda que has de morir), para pasar a ser simplemente previsibles y fungibles (recuerda que has de consumir). Nos hemos convertido en tristes opositores a una imagen tan perfecta como inalcanzable; en opositores eternamente suspendidos y por ello permanentemente frustrados.
En otros tiempos los sueños, las aspiraciones, las metas eran poliédricas y teníamos de donde escoger: uno quería ser tan apolíneo como el David, otro tan piadoso como San Francisco, éste tan brillante como Chesterton, aquel tan aguerrido como Orellana, tan fiero como Bertrand Du Guesclin, tan sensible como Becquer, tan cínico como Wilde, tan pensador como Kant, tan musical como Mozart, tan plástico como Velazquez, tan culto como Toynbee, tan valiente como Juana de Arco, tan imaginativo como Julio Verne ... Hoy, sin embargo, solo queremos ser físicamente perfectos, eternamente jóvenes y aparentar (solo aparentar) una felicidad mas imposible cuanto mas buscada (como el arco iris o la línea del horizonte: cuanto mas pretendes tocarlos mas se alejan).
Termino con un pasaje de Dylan Thomas: “No entres dócilmente en en esa buena noche. Lucha, ¡lucha con rabia contra la muerte de la luz”
jueves, 24 de mayo de 2012
UN INSTANTE INFANTIL EN OLULA DEL RIO
Recuerdo un patio grande que en realidad no lo era tanto y unos
techos altísimos que con los años encogieron y un suelo níveo de mármol y
un río infranqueable que más bien era acequia y recuerdo unas sábanas
tendidas, solitarias olas sinuosas en el desierto almeriense... Y sigue
viva la parra fresca y generosa que envolvió aquel universo perdido de
mi niñez.
Y no quiero olvidar y me esfuerzo en rebuscar las sensaciones de antaño, hoy que ya algo he vivido. Silencio, silencio... Casi percibo el sonido acompasado de una escoba en la calle empedrada y ardiente y las risas evanescentes de unas mujeres que hoy son tan solo un eco en fotos amarillentas.
Y aquí y ahora, dentro de mi mente, sigue altiva la alacena en la que mi abuela atesoraba sus mantecados y cierro los ojos y percibo aquel mágico y secreto aroma, con el que sus nietos anticipábamos las delicias de una merienda: Vasos Duralex, leche hervida con su telo y, con suerte, unos roscos. ¡Era tan poco y tanto nos solazaba!
Un reloj suena las horas. Mi abuelo baja las escaleras. Sombrero y chaleco negro. Su vozarrón le precede y estremece las paredes. Habla de cosas que no entiendo, pero amo su timbre de voz y su mirada azul y ciega. Y mi madre ¡tan joven, Dios mío!, lo mira y le sonríe y acaricia su mano. Y yo mojo feliz el rosco en la leche tibia y no necesito crecer más. Y el reloj marca las horas.
Fernando Navarro García.
Y no quiero olvidar y me esfuerzo en rebuscar las sensaciones de antaño, hoy que ya algo he vivido. Silencio, silencio... Casi percibo el sonido acompasado de una escoba en la calle empedrada y ardiente y las risas evanescentes de unas mujeres que hoy son tan solo un eco en fotos amarillentas.
Y aquí y ahora, dentro de mi mente, sigue altiva la alacena en la que mi abuela atesoraba sus mantecados y cierro los ojos y percibo aquel mágico y secreto aroma, con el que sus nietos anticipábamos las delicias de una merienda: Vasos Duralex, leche hervida con su telo y, con suerte, unos roscos. ¡Era tan poco y tanto nos solazaba!
Un reloj suena las horas. Mi abuelo baja las escaleras. Sombrero y chaleco negro. Su vozarrón le precede y estremece las paredes. Habla de cosas que no entiendo, pero amo su timbre de voz y su mirada azul y ciega. Y mi madre ¡tan joven, Dios mío!, lo mira y le sonríe y acaricia su mano. Y yo mojo feliz el rosco en la leche tibia y no necesito crecer más. Y el reloj marca las horas.
Fernando Navarro García.
martes, 22 de mayo de 2012
SOBRE ÉTICA Y CORTESIA
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| La vieja cortesia: ¡Ni tanto, ni tan calvo! |
Su justificación es muy simple: si la "ética" es el aprendizaje para hacer el bien mediante la repetición (hábito, costumbre) de acciones virtuosas (buenas), la cortesía -aunque solo sea "apariencia" y formalismo- es lo primero que debe aprender el niño desde muy pequeño para ir con los años "forjando un carácter" o una ética (que es lo mismo).
El niño al principio no entenderá por que razón debe ceder su cómodo asiento en el metro a esa persona mayor, pero a costa de ir haciéndolo (a regañadientes) durante toda su infancia, cuando alcance la adolescencia lo hará de forma automática y sera entonces cuando ya pueda entender las verdaderas razones morales de aquella rutina, de aquel hábito: los ancianos son mas frágiles, mas débiles y vulnerables, han invertido su vida para ofrecernos el mundo que disfrutamos y merecen nuestra gratitud y ayuda. Por esta razón la "cortesía", aunque solo sea una apariencia de ética, es esencial pues prepara a nuestros niños para ser mañana hombres virtuosos; quizás no santos pero si mejores personas.
Creo que haber acabado con los libros de urbanidad (considerados intrínsecamente "carcas") ha sido un error gravisimo que a la larga ha ido degenerando las buenas costumbres heredadas de nuestros antepasados (las malas -que también las tenían- hay que erradicarlas) y abocando a nuestra sociedad a una suerte de lento suicidio moral. El proceso no es irreversible (en el ser humano, mientras exista, nada lo es) pero hoy vemos sus horribles frutos en programas como, por ejemplo, Gran Hermano que no solo atenta a la ética, sino también a la estetica.
EL MAESTRO DE HUITAR
Pienso en mi abuelo, "el
maestro de Huitar". Poco antes de morir recibió la Gran Cruz de Alfonso
X El Sabio por algo tan simple y noble como haber pasado casi toda su
vida enseñando a los niños de Huitar, una pobrisima pedania de Olula del
Río, Almería.
Mi abuelo construyó con sus manos su escuela en un viejo establo y educó a generaciones de niños que luego salieron de Huitar y forjaron sus vidas lejos de la miseria que no habían tenido mas remedio que mamar. Nunca pegó a sus alumnos: su sola voz de barítono, su presencia ciclopea y, sobre todo, su abnegación bastaban para respetarle.
Perdió la vista con casi sesenta años, pues preparar las clases a la luz de un carburo acaba con la mejor retina. Por ello, por toda una vida de amor a sus niños y respeto a su profesión recibió la Gran Cruz. Y vivió para saberlo y llorar con sus ojos azules y ciegos al recibir tan alta dignidad.
Escribo todo esto porque era mi abuelo y le quería (todos sus nietos le amabamos y aun lo hacemos) y porque añoro sus historias, y también porque murió sin resentimiento por la Guerra Civil (no todos tuvimos los mismos abuelos que Zapatero o, mejor, no todos los abuelos tuvieron nietos como Zapatero). Y también escribo todo esto porque hay condecoraciones y reconocimientos merecidos y hay otras que no son mas que chatarra.
Mi abuelo construyó con sus manos su escuela en un viejo establo y educó a generaciones de niños que luego salieron de Huitar y forjaron sus vidas lejos de la miseria que no habían tenido mas remedio que mamar. Nunca pegó a sus alumnos: su sola voz de barítono, su presencia ciclopea y, sobre todo, su abnegación bastaban para respetarle.
Perdió la vista con casi sesenta años, pues preparar las clases a la luz de un carburo acaba con la mejor retina. Por ello, por toda una vida de amor a sus niños y respeto a su profesión recibió la Gran Cruz. Y vivió para saberlo y llorar con sus ojos azules y ciegos al recibir tan alta dignidad.
Escribo todo esto porque era mi abuelo y le quería (todos sus nietos le amabamos y aun lo hacemos) y porque añoro sus historias, y también porque murió sin resentimiento por la Guerra Civil (no todos tuvimos los mismos abuelos que Zapatero o, mejor, no todos los abuelos tuvieron nietos como Zapatero). Y también escribo todo esto porque hay condecoraciones y reconocimientos merecidos y hay otras que no son mas que chatarra.
El camionero alemán, la señora de la bata guateada y el pequeño cubo
Hace algunos años un buen amigo me contó esta anécdota de la que
había sido testigo. Los hechos sucedieron en una pequeña empresa
familiar en Villarreal, un pueblo industrial de Castellón. Corría el año 1993 y
la empresa, aún siendo muy pequeña, exportaba muchísimo a Alemania ya
que su producto artesanal resultaba muy atractivo en aquel mercado. Mi
amigo trabajaba en esa empresa como jefe de exportación (básicamente
porque hablaba alemán) y entre los muros de la fábrica convivía
diariamente con la familia, compuesta por el padre (el dueño de la
fábrica), su esposa (muy clásica y de profesión “sus labores”) y uno de
los hijos que pululaba por allí tratando de entender el negocio. Las
instalaciones de la fábrica se mezclaban anárquicamente con las
estancias familiares. Casi todas las semanas se presentaba algún camión
procedente de Alemania para cargar material y generalmente actuaba de
intérprete mi amigo, hasta que una fría mañana de 1993 uno de los
camioneros llegó antes de lo previsto… Dado que mi amigo, el jefe de
exportación, aun no había llegado a la fábrica, el camionero alemán fue
atendido por “la señora de la casa”.
La mujer al ver aparcar el camión salió apresuradamente a recibirle. Salió al patio como habitualmente se desplazaba por sus dominios: con un grueso batín guateado estampado con florecillas rosas. Una delicia para la abeja Maya. Se acercó muy sonriente al camionero alemán sin sospechar siquiera que aquel hombre no hablaría ni palabra de español y mucho menos de valenciano, la lengua materna y habitual de esa familia. Tras intercambiarse unos protocolarios “buenos días” (algo que los camioneros de todo el mundo saben decir en 250 lenguas diferentes) el camionero pidió “muy correctamente” a la señora si sería posible disponer de un “cacito”.
¿Para que querrá este buen hombre un “cacito”? Pensó fugazmente nuestra protagonista, mientras se alisaba la bata guateada para que las florecillas no desmerecieran. Sin embargo, y más allá de su extrañeza, su respuesta no pudo ser más amable: “¿Un cacito? Hombre de Dios ¡por supuesto que tengo un cacito! Enseguida se lo traigo…” Y se introdujo rápida en la cocina para buscar el pequeño cubo que tan amablemente le pedía el camionero alemán. ¿Como no iba ella a contar entre sus enseres con un cacito? Era una mujer de su casa y tenía de todo. Pocos segundos después salía al patio de cargas, más sonriente aún que la primera vez, y portando entre sus manos un cubo metálico de pequeñas dimensiones. Un cacito; casi un cuenco. Justo lo que el alemán necesitaba.
Sin embargo, cuando el alemán la vio aparecer con el cacito retrocedió levemente hacia atrás, como hubiera hecho un vampiro ante una ristra de ajos. “¡¡Nein, nein!! – profirió aturdido el alemán- lo que yo quiero es un cacito, Madam. Nuestra heroína no daba crédito. ¿Pero qué tipo de cacitos necesitan estos alemanes? - pensó - Es increíble lo exigentes que pueden ponerse a veces. En fin, ya que insiste, le buscaré otro cacito algo mayor. Lo cierto es que el camionero pasaba de los dos metros de altura y de los 150 kilos de peso y probablemente en su escala vital todo tuviera que ser de mayores dimensiones.
Volvió a su cocina y salió inmediatamente con un nuevo cubo. Era algo mayor que el cacito solicitado, pero ya sabría el alemán para qué demonios lo necesitaba. Sin embargo, la expresión del alemán cuando la vio aparecer con el cubo fue desalentadora. Su rostro tenía un rictus doloroso y su piel se mostraba extremadamente colorada. Incluso creyó entrever que unas gotas de sudor resbalaban por su sien. “¡Nein, nein meine liebe Dame! Dijo el camionero. ¿Cómo? ¿Qué no quiere usted mi cacito? ¡Anda y tome el cacito de una puñetera vez o me va usted enfadar de verdad! En esas estaba la señora cuando apareció mi amigo. Su providencial y oportuna aparición evitó un potencial conflicto hispano-germano, cuando faltaban segundos para la tragicomedia.
¿Qué es lo que había sucedido? Mi amigo lo aclaró inmediatamente con el camionero. Era todo muy sencillo. Un problema de comunicación. Lo más habitual en el ser humano.
El alemán le explicó, muy sofocado, que hacia pocos minutos había aparcado su camión en la zona de cargas con la intención de orinar inmediatamente, pues llevaba aguantando casi 200 kilómetros (el sabría las razones de esa contención mortificadora). Justo cuando se disponía a bajarse discretamente la bragueta vio aparecer a la “pequeña señora con una extraña tunica florida” y en vez de miccionar en el descampado como era su intención se vio obligado a preguntar a la señora “dónde estaban los servicios” El buen hombre utilizó el inglés, un idioma que él consideraba erróneamente internacional, así que lo que dijo a la señora de la bata guateada fue: Where is the TOILETTE? Resulta que la palabra toilette (de origen francés) se pronuncia casi igual que el término coloquial valenciano poalet, cuya traducción libre al español podría ser la de pozalito o cacito (un cubo de pequeñas dimensiones, vaya). Nadie en su sano juicio habría pensado que un camionero proveniente de Leipzig, norte de Alemania, iba a dominar el valenciano, pero nuestra protagonista si lo creyó pues si ella hablaba valenciano lo normal es que el resto del planeta lo hiciera también y cuando escuchó toilette tuvo la certeza de que el alemán le preguntaba por un poalet y es justo eso lo que le ofreció.
Sin embargo, al otro lado de la línea comunicativa, la visión de los hechos era bien distinta: el alemán preguntó por los servicios y lo que vio fue a una “pequeña señora disfrazada con una túnica” que le ofrecía insistentemente un cubo a modo de mingitorio. Es verdad que el alemán consideraba a los españoles como una especie ligeramente evolucionada del Homo Antecessor, pero aquella costumbre del cubo-mingitorio le parecía bárbara incluso hasta para el español más untermenschen. Cuanto más protestaba ante la señora de que no era “eso” lo que necesitaba, más grande le ofrecía el cubo y más agresiva se mostraba la mujer. Mientras tanto su vejiga iba a estallar. Justo en el preciso instante en que mi amigo apareció el camionero se había ya resignado orinar en el cubo, bajo la atónita mirada de la señora de la bata guateada. No sucedió, pero poco faltó para que así acaeciera.
La mujer al ver aparcar el camión salió apresuradamente a recibirle. Salió al patio como habitualmente se desplazaba por sus dominios: con un grueso batín guateado estampado con florecillas rosas. Una delicia para la abeja Maya. Se acercó muy sonriente al camionero alemán sin sospechar siquiera que aquel hombre no hablaría ni palabra de español y mucho menos de valenciano, la lengua materna y habitual de esa familia. Tras intercambiarse unos protocolarios “buenos días” (algo que los camioneros de todo el mundo saben decir en 250 lenguas diferentes) el camionero pidió “muy correctamente” a la señora si sería posible disponer de un “cacito”.
¿Para que querrá este buen hombre un “cacito”? Pensó fugazmente nuestra protagonista, mientras se alisaba la bata guateada para que las florecillas no desmerecieran. Sin embargo, y más allá de su extrañeza, su respuesta no pudo ser más amable: “¿Un cacito? Hombre de Dios ¡por supuesto que tengo un cacito! Enseguida se lo traigo…” Y se introdujo rápida en la cocina para buscar el pequeño cubo que tan amablemente le pedía el camionero alemán. ¿Como no iba ella a contar entre sus enseres con un cacito? Era una mujer de su casa y tenía de todo. Pocos segundos después salía al patio de cargas, más sonriente aún que la primera vez, y portando entre sus manos un cubo metálico de pequeñas dimensiones. Un cacito; casi un cuenco. Justo lo que el alemán necesitaba.
Sin embargo, cuando el alemán la vio aparecer con el cacito retrocedió levemente hacia atrás, como hubiera hecho un vampiro ante una ristra de ajos. “¡¡Nein, nein!! – profirió aturdido el alemán- lo que yo quiero es un cacito, Madam. Nuestra heroína no daba crédito. ¿Pero qué tipo de cacitos necesitan estos alemanes? - pensó - Es increíble lo exigentes que pueden ponerse a veces. En fin, ya que insiste, le buscaré otro cacito algo mayor. Lo cierto es que el camionero pasaba de los dos metros de altura y de los 150 kilos de peso y probablemente en su escala vital todo tuviera que ser de mayores dimensiones.
Volvió a su cocina y salió inmediatamente con un nuevo cubo. Era algo mayor que el cacito solicitado, pero ya sabría el alemán para qué demonios lo necesitaba. Sin embargo, la expresión del alemán cuando la vio aparecer con el cubo fue desalentadora. Su rostro tenía un rictus doloroso y su piel se mostraba extremadamente colorada. Incluso creyó entrever que unas gotas de sudor resbalaban por su sien. “¡Nein, nein meine liebe Dame! Dijo el camionero. ¿Cómo? ¿Qué no quiere usted mi cacito? ¡Anda y tome el cacito de una puñetera vez o me va usted enfadar de verdad! En esas estaba la señora cuando apareció mi amigo. Su providencial y oportuna aparición evitó un potencial conflicto hispano-germano, cuando faltaban segundos para la tragicomedia.
¿Qué es lo que había sucedido? Mi amigo lo aclaró inmediatamente con el camionero. Era todo muy sencillo. Un problema de comunicación. Lo más habitual en el ser humano.
El alemán le explicó, muy sofocado, que hacia pocos minutos había aparcado su camión en la zona de cargas con la intención de orinar inmediatamente, pues llevaba aguantando casi 200 kilómetros (el sabría las razones de esa contención mortificadora). Justo cuando se disponía a bajarse discretamente la bragueta vio aparecer a la “pequeña señora con una extraña tunica florida” y en vez de miccionar en el descampado como era su intención se vio obligado a preguntar a la señora “dónde estaban los servicios” El buen hombre utilizó el inglés, un idioma que él consideraba erróneamente internacional, así que lo que dijo a la señora de la bata guateada fue: Where is the TOILETTE? Resulta que la palabra toilette (de origen francés) se pronuncia casi igual que el término coloquial valenciano poalet, cuya traducción libre al español podría ser la de pozalito o cacito (un cubo de pequeñas dimensiones, vaya). Nadie en su sano juicio habría pensado que un camionero proveniente de Leipzig, norte de Alemania, iba a dominar el valenciano, pero nuestra protagonista si lo creyó pues si ella hablaba valenciano lo normal es que el resto del planeta lo hiciera también y cuando escuchó toilette tuvo la certeza de que el alemán le preguntaba por un poalet y es justo eso lo que le ofreció.
Sin embargo, al otro lado de la línea comunicativa, la visión de los hechos era bien distinta: el alemán preguntó por los servicios y lo que vio fue a una “pequeña señora disfrazada con una túnica” que le ofrecía insistentemente un cubo a modo de mingitorio. Es verdad que el alemán consideraba a los españoles como una especie ligeramente evolucionada del Homo Antecessor, pero aquella costumbre del cubo-mingitorio le parecía bárbara incluso hasta para el español más untermenschen. Cuanto más protestaba ante la señora de que no era “eso” lo que necesitaba, más grande le ofrecía el cubo y más agresiva se mostraba la mujer. Mientras tanto su vejiga iba a estallar. Justo en el preciso instante en que mi amigo apareció el camionero se había ya resignado orinar en el cubo, bajo la atónita mirada de la señora de la bata guateada. No sucedió, pero poco faltó para que así acaeciera.
EL PICAPEDRERO NUDISTA
Hace unos años, una señora de pueblo a quien quiero muchísimo, me contaba una historia divertidísima que voy a contaros: El picapedrero nudista.
Contextualicemos primero: los sucesos acaecieron en un pueblo de la sierra interior del sur de Valencia. Bellos parajes y muy buena gente. Sucedió hará unos cuarenta años; digamos que a inicios de la década de los setenta. Es importante tener presente la época pues el pudor de aquellos tiempos nada tenía que ver con el de hoy. El marido de ésta señora, protagonista involuntario de esta historia, era un agricultor de raza. Uno de esos trabajadores incansables y titánicos,curtidos por la tierra en la que han trabajado desde la niñez.
Este hombre – llamémosle Miguel- había heredado unas cuantas hectáreas de montaña rocosa. Pura roca granítica para ser exactos. Poco puede plantarse y menos aún cultivarse en el granito. Cualquier otro mortal habría abandonado aquellas hectáreas de roca a la naturaleza, pero Miguel no era de ese tipo de hombre que se rinde fácilmente así que cogió un cincel de marmolista y un buen martillo pilón y empezó a arrancar palmo a palmo la capa de roca de medio metro que cubria su herencia. Debajo de ella había un verdadero tesoro de tierra roja y virgen en la que algún día – cuando arrancara el manto de roca viva que la cubría- podría plantar unos olivos cuyos frutos disfrutarían sus hijos. No hay duda: era otra época y otra ética del trabajo.
Así que Miguel, al terminar su jornada laboral o durante sus periodos de descanso, cogía su cincel y su martillo y se pasaba varias horas picando piedra. Hace años visité ese campo e intenté arrancar unos fragmentos de piedra con el martillo y el cincel de Miguel. La cosa no era nada sencilla y se necesita una fortaleza y una voluntad que poca gente tiene. Un mediodía de verano especialmente caluroso, Miguel sudaba tanto que se sentía desfallecer. Decidió despojarse de la camisa y poco después de los pantalones, quedándose en calzoncillos. Siguió picando piedra pero dado que el sudor y el calor le resultaban agobiantes decidió quitarse lo único que cubría sus vergüenzas. ¿Qué más daba quedarse en pelotas si en aquellas tierras suyas, tan alejadas del pueblo, no había ni un alma? Imaginaos ahora a Miguel: desnudo, martillo y cincel en mano, y picando piedra con la energía de quien trabaja para su estirpe.
¿No había realmente ni un alma? Quiso la fortuna, siempre caprichosa y en ocasiones traviesa, que a acudieran al campo de Miguel dos personas, justo a la misma hora y en el mismo lugar. La primera era un vecino suyo al que acababan de operar de garganta y la segunda la propia esposa de Miguel quien dado el calor que hacía había ido al campo a llevarle un refresco. Repasemos la concatenación de acontecimientos, tal cual me los contó la anonadada mujer de Miguel.
A mediodía un vecino de Miguel cuyas tierras lindaban con las suyas había escuchado en las proximidades el sonido de un martillo y una respiración sofocada. La cosa le había inquietado un poco y quiso ver si se trataba de algún maleante haciendo alguna de las suyas. Hacia pocos días le habían dado el alta de una operación de garganta que le tendría sin voz durante una semana. El médico le había insistido mucho en que no hablara ni emitiera ningún sonido. Avanzó sigiloso por entre los olivares de su campo hasta llegar al límite de las tierras rocosas de Miguel y lo que allí vio le dejó aturdido para el resto de su vida: su vecino Miguel – hombre de austeras costumbres y temeroso de Dios- estaba en pelota viva, golpeando con saña la roca granítica y sudando como jamás había visto sudar a nadie. Pudoroso, quiso alertar a su vecino de su presencia pero recordó que no podía hablar por prescripción facultativa así que optó por hacer algún tipo de ruido que avisara a Miguel. Pero ¿qué sonido si no podía hablar ni gritar? Ante la tesitura, pensó que lo mejor sería palmotear con fuerza y rítmicamente, hasta que Miguel se diera cuenta de su presencia y tuviera a bien vestirse apresuradamente. Dicho y hecho. Empezó a palmear con vigor, mientras Miguel –un verdadero precursor del nudismo laboral- seguía afanado en martillear la roca que se le resistía. En ese mismo instante, en lo más sonoro del palmoteo, la esposa de Miguel apareció portando entre sus manos un porrón de cerveza helada con casera.
Reflexionad un segundo e imaginad el cuadro que ante ella se presentaba en toda su gloria: por un lado su marido, completamente desnudo y picando piedra con un frenesí que a ella le hizo recordar su ya lejana noche de bodas y a escasos metros de Miguel, su vecino de toda la vida - un hombre virtuoso y de sanísimas costumbres- aplaudiendo a su marido con inusitado vigor y casi, casi a ritmo de rumba…
Siempre me ha divertido muchísimo esta anécdota, especialmente al imaginar la retahíla de explicaciones que ambos varones habrían de dar a la aterrorizada mujer cuando se dieran cuenta del cuadro que involuntariamente habían representado.
Contextualicemos primero: los sucesos acaecieron en un pueblo de la sierra interior del sur de Valencia. Bellos parajes y muy buena gente. Sucedió hará unos cuarenta años; digamos que a inicios de la década de los setenta. Es importante tener presente la época pues el pudor de aquellos tiempos nada tenía que ver con el de hoy. El marido de ésta señora, protagonista involuntario de esta historia, era un agricultor de raza. Uno de esos trabajadores incansables y titánicos,curtidos por la tierra en la que han trabajado desde la niñez.
Este hombre – llamémosle Miguel- había heredado unas cuantas hectáreas de montaña rocosa. Pura roca granítica para ser exactos. Poco puede plantarse y menos aún cultivarse en el granito. Cualquier otro mortal habría abandonado aquellas hectáreas de roca a la naturaleza, pero Miguel no era de ese tipo de hombre que se rinde fácilmente así que cogió un cincel de marmolista y un buen martillo pilón y empezó a arrancar palmo a palmo la capa de roca de medio metro que cubria su herencia. Debajo de ella había un verdadero tesoro de tierra roja y virgen en la que algún día – cuando arrancara el manto de roca viva que la cubría- podría plantar unos olivos cuyos frutos disfrutarían sus hijos. No hay duda: era otra época y otra ética del trabajo.
Así que Miguel, al terminar su jornada laboral o durante sus periodos de descanso, cogía su cincel y su martillo y se pasaba varias horas picando piedra. Hace años visité ese campo e intenté arrancar unos fragmentos de piedra con el martillo y el cincel de Miguel. La cosa no era nada sencilla y se necesita una fortaleza y una voluntad que poca gente tiene. Un mediodía de verano especialmente caluroso, Miguel sudaba tanto que se sentía desfallecer. Decidió despojarse de la camisa y poco después de los pantalones, quedándose en calzoncillos. Siguió picando piedra pero dado que el sudor y el calor le resultaban agobiantes decidió quitarse lo único que cubría sus vergüenzas. ¿Qué más daba quedarse en pelotas si en aquellas tierras suyas, tan alejadas del pueblo, no había ni un alma? Imaginaos ahora a Miguel: desnudo, martillo y cincel en mano, y picando piedra con la energía de quien trabaja para su estirpe.
¿No había realmente ni un alma? Quiso la fortuna, siempre caprichosa y en ocasiones traviesa, que a acudieran al campo de Miguel dos personas, justo a la misma hora y en el mismo lugar. La primera era un vecino suyo al que acababan de operar de garganta y la segunda la propia esposa de Miguel quien dado el calor que hacía había ido al campo a llevarle un refresco. Repasemos la concatenación de acontecimientos, tal cual me los contó la anonadada mujer de Miguel.
A mediodía un vecino de Miguel cuyas tierras lindaban con las suyas había escuchado en las proximidades el sonido de un martillo y una respiración sofocada. La cosa le había inquietado un poco y quiso ver si se trataba de algún maleante haciendo alguna de las suyas. Hacia pocos días le habían dado el alta de una operación de garganta que le tendría sin voz durante una semana. El médico le había insistido mucho en que no hablara ni emitiera ningún sonido. Avanzó sigiloso por entre los olivares de su campo hasta llegar al límite de las tierras rocosas de Miguel y lo que allí vio le dejó aturdido para el resto de su vida: su vecino Miguel – hombre de austeras costumbres y temeroso de Dios- estaba en pelota viva, golpeando con saña la roca granítica y sudando como jamás había visto sudar a nadie. Pudoroso, quiso alertar a su vecino de su presencia pero recordó que no podía hablar por prescripción facultativa así que optó por hacer algún tipo de ruido que avisara a Miguel. Pero ¿qué sonido si no podía hablar ni gritar? Ante la tesitura, pensó que lo mejor sería palmotear con fuerza y rítmicamente, hasta que Miguel se diera cuenta de su presencia y tuviera a bien vestirse apresuradamente. Dicho y hecho. Empezó a palmear con vigor, mientras Miguel –un verdadero precursor del nudismo laboral- seguía afanado en martillear la roca que se le resistía. En ese mismo instante, en lo más sonoro del palmoteo, la esposa de Miguel apareció portando entre sus manos un porrón de cerveza helada con casera.
Reflexionad un segundo e imaginad el cuadro que ante ella se presentaba en toda su gloria: por un lado su marido, completamente desnudo y picando piedra con un frenesí que a ella le hizo recordar su ya lejana noche de bodas y a escasos metros de Miguel, su vecino de toda la vida - un hombre virtuoso y de sanísimas costumbres- aplaudiendo a su marido con inusitado vigor y casi, casi a ritmo de rumba…
Siempre me ha divertido muchísimo esta anécdota, especialmente al imaginar la retahíla de explicaciones que ambos varones habrían de dar a la aterrorizada mujer cuando se dieran cuenta del cuadro que involuntariamente habían representado.
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