El
mayor de zagales no tendría más de doce años y el grupo caminaba con paso
incierto hacia el “cementerio viejo” de Lorca. Atardecía y tenían el miedo
ambiguo que atenaza el alma cuando anhelando ser hombres aún conservamos el
armazón frágil de un niño. Tenían el miedo impreciso germinado por viejas
historias musitadas al calor de la hoguera, y por ello trataban de disimular su
temor bromeando y tarareando las canciones de guerra que en 1937 eran la triste
banda sonora de todo el país. Eran niños de su época: libres, pobres y
naturales; en ocasiones, también brutales y crueles. Niños de su época. Aquel
grupo que se recortaba frente al crepúsculo había decidido gastar una broma
pesada a uno de sus nuevos amigos. Liturgias de iniciación, siempre salvajes y
descarnadas, desde los tiempos de Mitra.
Esa
noche, para demostrar su “hombría” el novato debería saltar la alta tapia del
cementerio, recorrer su avenida principal cubierta de huesos enmarañados con
yerbajos secos y raspantes y buscar un antiguo panteón neogótico. No le
resultaría difícil encontrarlo, pues su estilizado perfil, negro y tenebroso,
sobresalía orgulloso detrás de los muros de la ciudad muerta. Flanqueaban la
entrada del panteón dos ángeles negros: sus alas marmóreas estaban abatidas
como espadas rendidas y con ambas manos ocultaban un rostro jamás mostrado en
el que se intuían lágrimas amargas e inmortales. Al llegar allí el “novato” tendría
que apartar ligeramente la verja oxidada y chirriante, entrar en la pequeña
capilla desde cuyo rosetón se filtraba la pálida luna, abrir uno de los
sarcófagos mil veces profanados y coger –como prueba de valor- un cráneo
cualquiera. Así eran los juegos infantiles en 1937, cuando en realidad el
verdadero horror se producida fuera de los cementerios.
Ese
era parte del plan. La broma, sin embargo, consistía en que poco antes de que
llegara el “novato”, uno de los zagales, el más valiente, se escondería en uno
de los ataúdes, esperaría a su “víctima” y cuando la sintiera entrar en el
panteón (la verja chirriante), saltaría desde su siniestro cobijo con un cráneo
en una mano y chillando como un poseso. El susto sería terrible y los demás
muchachos, ocultos a pocos metros, lo pasarían estupendamente viendo la cara de
terror del novato, aun más fantasmal bajo el sudario blanco de la luna. Un plan
espléndido.
El
grupo llegó al panteón media hora antes que el novato. Se sentían algo más
relajados, ahora que habían saltado los muros del cementerio y la retirada era
en ese punto impensable. Eran las once y media de la noche. Había que tomar
posiciones y adaptar el decorado. Unas velas por aquí, un fémur elegantemente
colocado sobre el altar de mármol partido, una quijada con tres dientes sobre
aquel ataúd. El zagal más valiente, sin embargo, empezaba a sentir un miedo creciente
y ya estaba arrepentido de haberse prestado voluntario para la desagradable
misión de esconderse dentro del ataúd, combado por la humedad de la muerte.
Pero había dado su palabra y no quedaba sino seguir con el plan; así que se
introdujo algo melindroso en el sarcófago. Apartó con una mano fragmentos de
esqueleto y jirones de ropa, despojos al cabo bien conocidos tras años de
visitas furtivas al cementerio. Una vez dentro, deslizó lentamente la pesada
tapa del ataúd dejando solo una pequeña
abertura desde la que, cuando llegará el
momento, asomaría el cráneo ululante de la noble calavera. Tenía por delante un
cuarto de hora eterno hasta que el novato entrara en la cripta. En su tétrico
escondite, la luna iluminaba solamente un pequeño rectángulo a la altura de su
antebrazo derecho. Todo lo demás era negro, húmedo e incierto.
Lo
que sucedió a continuación nunca se supo ciencia cierta. El caso es que cuando
faltaba muy poco para que las campanas anunciaran la medianoche, el valiente
bromista notó que desde el otro extremo del ataúd unas uñas frías y casi
imperceptibles recorrían, lentamente, su tobillo. Trató de racionalizar lo
irracional. No podía mostrar miedo, pues eso le marcaría para siempre con el
infame estigma de la cobardía. Debía haber una explicación, así que trago
saliva y miro hacia el extremo negrísimo del ataúd.
Eran muy amarillos. Unos ojos brillantes y amarillos que le
miraban desde el infierno. No necesitó más. Aulló como una fiera y saltó
bruscamente del ataúd, asiendo todavía con una mano el cráneo desquijado. Notó
fragmentos de madera penetrar en su hombro izquierdo, pero eso no le impidió
seguir corriendo desde las tinieblas a la oscuridad. La brusquedad de su salto
y su grito terrorífico, produjo una reacción en cadena: todos los zagales
ocultos saltaron espantados de sus escondrijos, corriendo en estampida hacia la
salida del cementerio. En su desordenada huida arrollaron al novato quien
durante muchos años creyó que todas las ánimas del Purgatorio se habían
confabulado para castigar la impiedad de haberse saltado una misa. Una vez
agrupados, extramuros, comprobaron que no había bajas y que estaban todos.
Magullados, temblorosos, pálidos de luna y miedo, pero vivos. Nunca más volvieron
a hablar de aquella noche en la que el más valiente del grupo se atrevió a
mirar directamente a los ojos de un demonio agazapado.
Mientras
tanto, en lo más oscuro de un ataúd del panteón neogótico, una gata protectora
lamia maternalmente las cabezas de sus ronroneantes crías…
Esta
historia me la contaba mi padre siendo yo niño y tal cual la recuerdo la he
escrito. El era uno de aquellos niños.
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