viernes, 3 de agosto de 2012

HISTORIAS DE FAMILIA: NOCHE EN EL CEMENTERIO VIEJO


El mayor de zagales no tendría más de doce años y el grupo caminaba con paso incierto hacia el “cementerio viejo” de Lorca. Atardecía y tenían el miedo ambiguo que atenaza el alma cuando anhelando ser hombres aún conservamos el armazón frágil de un niño. Tenían el miedo impreciso germinado por viejas historias musitadas al calor de la hoguera, y por ello trataban de disimular su temor bromeando y tarareando las canciones de guerra que en 1937 eran la triste banda sonora de todo el país. Eran niños de su época: libres, pobres y naturales; en ocasiones, también brutales y crueles. Niños de su época. Aquel grupo que se recortaba frente al crepúsculo había decidido gastar una broma pesada a uno de sus nuevos amigos. Liturgias de iniciación, siempre salvajes y descarnadas, desde los tiempos de Mitra.

Esa noche, para demostrar su “hombría” el novato debería saltar la alta tapia del cementerio, recorrer su avenida principal cubierta de huesos enmarañados con yerbajos secos y raspantes y buscar un antiguo panteón neogótico. No le resultaría difícil encontrarlo, pues su estilizado perfil, negro y tenebroso, sobresalía orgulloso detrás de los muros de la ciudad muerta. Flanqueaban la entrada del panteón dos ángeles negros: sus alas marmóreas estaban abatidas como espadas rendidas y con ambas manos ocultaban un rostro jamás mostrado en el que se intuían lágrimas amargas e inmortales. Al llegar allí el “novato” tendría que apartar ligeramente la verja oxidada y chirriante, entrar en la pequeña capilla desde cuyo rosetón se filtraba la pálida luna, abrir uno de los sarcófagos mil veces profanados y coger –como prueba de valor- un cráneo cualquiera. Así eran los juegos infantiles en 1937, cuando en realidad el verdadero horror se producida fuera de los cementerios.

Ese era parte del plan. La broma, sin embargo, consistía en que poco antes de que llegara el “novato”, uno de los zagales, el más valiente, se escondería en uno de los ataúdes, esperaría a su “víctima” y cuando la sintiera entrar en el panteón (la verja chirriante), saltaría desde su siniestro cobijo con un cráneo en una mano y chillando como un poseso. El susto sería terrible y los demás muchachos, ocultos a pocos metros, lo pasarían estupendamente viendo la cara de terror del novato, aun más fantasmal bajo el sudario blanco de la luna. Un plan espléndido.

El grupo llegó al panteón media hora antes que el novato. Se sentían algo más relajados, ahora que habían saltado los muros del cementerio y la retirada era en ese punto impensable. Eran las once y media de la noche. Había que tomar posiciones y adaptar el decorado. Unas velas por aquí, un fémur elegantemente colocado sobre el altar de mármol partido, una quijada con tres dientes sobre aquel ataúd. El zagal más valiente, sin embargo, empezaba a sentir un miedo creciente y ya estaba arrepentido de haberse prestado voluntario para la desagradable misión de esconderse dentro del ataúd, combado por la humedad de la muerte. Pero había dado su palabra y no quedaba sino seguir con el plan; así que se introdujo algo melindroso en el sarcófago. Apartó con una mano fragmentos de esqueleto y jirones de ropa, despojos al cabo bien conocidos tras años de visitas furtivas al cementerio. Una vez dentro, deslizó lentamente la pesada tapa del ataúd dejando solo  una pequeña abertura desde la que,  cuando llegará el momento, asomaría el cráneo ululante de la noble calavera. Tenía por delante un cuarto de hora eterno hasta que el novato entrara en la cripta. En su tétrico escondite, la luna iluminaba solamente un pequeño rectángulo a la altura de su antebrazo derecho. Todo lo demás era negro, húmedo e incierto.

Lo que sucedió a continuación nunca se supo ciencia cierta. El caso es que cuando faltaba muy poco para que las campanas anunciaran la medianoche, el valiente bromista notó que desde el otro extremo del ataúd unas uñas frías y casi imperceptibles recorrían, lentamente, su tobillo. Trató de racionalizar lo irracional. No podía mostrar miedo, pues eso le marcaría para siempre con el infame estigma de la cobardía. Debía haber una explicación, así que trago saliva y miro hacia el extremo negrísimo del ataúd.

Eran muy amarillos. Unos ojos brillantes y amarillos que le miraban desde el infierno. No necesitó más. Aulló como una fiera y saltó bruscamente del ataúd, asiendo todavía con una mano el cráneo desquijado. Notó fragmentos de madera penetrar en su hombro izquierdo, pero eso no le impidió seguir corriendo desde las tinieblas a la oscuridad. La brusquedad de su salto y su grito terrorífico, produjo una reacción en cadena: todos los zagales ocultos saltaron espantados de sus escondrijos, corriendo en estampida hacia la salida del cementerio. En su desordenada huida arrollaron al novato quien durante muchos años creyó que todas las ánimas del Purgatorio se habían confabulado para castigar la impiedad de haberse saltado una misa. Una vez agrupados, extramuros, comprobaron que no había bajas y que estaban todos. Magullados, temblorosos, pálidos de luna y miedo, pero vivos. Nunca más volvieron a hablar de aquella noche en la que el más valiente del grupo se atrevió a mirar directamente a los ojos de un demonio agazapado.

Mientras tanto, en lo más oscuro de un ataúd del panteón neogótico, una gata protectora lamia maternalmente las cabezas de sus ronroneantes crías…

Esta historia me la contaba mi padre siendo yo niño y tal cual la recuerdo la he escrito. El era uno de aquellos niños.

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