Hace
poco participe en un interesante debate en el que se entremezclaron aborto y genocidio lo que, ya de
entrada, supuso una cierta equiparación cualitativa de ambos.
Una
de las defensoras del aborto libre, se apoyó en la manida “libre elección de la
madre”, en su "derecho". En cuanto a esa libre decisión de la madre para acabar con la
vida del nasciturus, hay algo que como varón y padre me inquieta y molesta. Puestos a tomar
decisiones tan trascendentes (hablamos de vida o muerte): ¿No tiene el padre
del nasciturus derecho a decidir
acerca de la vida de su hijo? ¿Es solo un derecho de la madre por el hecho
biológico de gestarlo? Para esa gestación ha sido necesario –no se olvide- el
concurso de un varón y como tal debería ser parte del proceso decisorio (si
aceptamos –algo muy cuestionable- que la vida del nasciturus debe de ser
decidida por sus padres). Además, parece e olvidarse que la madre es solo DEPOSITARIA
del nasciturus, no PROPIETARIA (o
co-propietaria con el padre). El depositario tiene la obligación de conservar
lo depositado, en este caso una vida (cuestión distinta sería que ese parto o
gestación pudiera afectar a la suya propia)
He
aquí un dilema que me parece esencial y que pocas veces veo cuando se debate
acerca de aborto si o no: ¿Qué sucedería si mi mujer o pareja, embarazada de mí
y en trámite de divorcio, quisiera abortar NUESTRO hijo y yo, por el contrario,
deseara que viviera para ocuparme de él como padre? ¿Prevalece el derecho de la
madre que quiere acabar con el feto o debe prevalecer el derecho del padre que
quiere que su hijo viva? De la respuesta que demos va a depender si
consideramos al nasciturus como una
propiedad exclusiva de la madre o como un ser dotado de más derechos que una
cosa. Y es precisamente en el aspecto de “cosificación”
de los seres vivos a los que se desea eliminar en los que veo más
paralelismos entre el criminal nazi Eichmann y ciertas argumentaciones del
aborto. Los nazis al asesinar judíos no mataban personas. Estaban “erradicando untermenschen” (infrahumanos). No eran
humanos a quienes mataban a millares y, por lo tanto, podían hacerlo con la
conciencia bien tranquila. Cosificar al ser humano (y eso se consigue con la
perversa manipulación del lenguaje) supone siempre el primer paso de cualquier
abuso contra su vida o dignidad.
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