Mama,
he vuelto a ver aquella vieja fotografía en blanco y negro. Es un encuadre
hermoso, improvisado; sois seis personas, la isla de Terreros al fondo. Y el mar; ese mar
que siempre ha sido la nana tranquila de nuestras vidas. Sois seis personas: los
abuelitos, los titos, papa y tú. Erais entonces más jóvenes que ahora mismo lo
soy yo.
La
abuelita, sentada y austera, alejada del grupo, quizás aprisionando en su
corazón un millón de besos que nunca liberó totalmente. El papa, tal como era y
sigue siendo, flexible, curtido de cemento y sal y meditabundo; acaso calculando
la estructura de algún sueño que recubriera de ilusiones ese esqueleto desnudo de
chalet que empieza a reconocerse. La tita y Paco son los únicos atentos a la
cámara, los únicos. Tú, sin pretenderlo, atraes la mirada del corazón que
escruta…
Y
es en ese encuadre hermoso de mar y yeso, en el que tú, mama, abrazas y
susurras algo a tu padre. No hay pose en ese instante en que yo sé que tu mundo
y tu universo entero era el Maestro. Y a pesar del tiempo que erosiona la
memoria como la ola desgasta año tras año las rocas arenosas de El Puntal,
perdura en esa imagen robada al olvido una sonrisa tan dulce y plena que al
verla he sentido tu esencia más pura…
¿Qué
susurrabas al Maestro, madre, cuyos ojos ilusionados puedo imaginar detrás de
sus gruesas gafas y su media sonrisa? ¿Qué le decías -que nos dices, madre- con
ese abrazo que siempre ha sabido ser tan maternal como filial? Y aunque el
susurro quedó impreso y mudo en la fotografía yo puedo imaginar mil cosas: ¿papaico,
a que es precioso este chalet que está construyendo Fernando?, ponte el
sombrero papaico no vayas a quemarte ¿que te gustaría que hiciera hoy de
comida, papa? … También imagino en tu abrazo algo así como un querer sustraer
al tiempo ese hermoso momento, pues creo que tú amas tanto la vida y a sus
criaturas porque sabes serenamente que todo es contingente. Todo menos el amor
que ofreces, que perdura para siempre. No olvides esto, mama, aunque no te lo
diga muy a menudo. Muchos años después te vi abrazar al maestro por última vez,
frotarle sus pies entumecidos y besar su noble frente, luchando a zarpazos contra
esa muerte que quería arrebatártelo.
Hace
más de cuarenta años eras así y hoy en nada has cambiado, mama. Me lo cuenta
esa fotografía delatora de un alma tan grande que por más que yo quisiera
expresarlo en palabras siempre empequeñecerían ante la simplicidad de esa
imagen en la que abrazas con ternura a tu padre mientras apoyas tu cabeza en
sus hombros. Y vuelvo a mirar la foto y compruebo que tu rostro es hoy el de entonces.
Ahora sonríes; lo sé. ¿El mismo?, te preguntaras irónica. No, no has cambiado,
madre. Tus abrazos siguen siendo igual de cálidos; tu sonrisa igual de
verdadera; los cuentos y poemas que hoy escribes a tus nietos me trasladan a aquellos
tiempos rebosantes de cisnes, margaritas y gatos mirando la luna que solías
dibujarnos sobre un papel; me llevan a tus cartas diarias a África, tan frescas
y vitales como un baño en la mar y que volvieron a ser mi cordón umbilical a
una vida que me dolía. No has cambiado, madre, pues tu mirada sigue como antaño
y es esa misma luz ilusionada la que veo en tus ojos cuando los miro. La misma
que trasluce en el tierno abrazo al Maestro de Huitar y que resume la idea
grande y perfecta que tienes del amor.
Mama,
pasan los años y, a diferencia tuya, no soy muy dado a ternuras. Me sigue
costando mostrar mis sentimientos; por más que sepa que tú sabes. Pero he visto
la foto y he sentido la necesidad de decirte con palabras imprecisas que te
quiero, que tengo los mejores recuerdos de una infancia que nos construisteis
preciosa y que ojala podamos dar a nuestro hijo Alejandro tanto amor y tan
bueno como tu me has dado. Sé que temes partir antes de ver a tu nuevo nieto
(tus poemas a veces parecen mensajes desde el futuro) y aunque eso no va a
suceder, quiero que sepas que si ocurriera tu serás para siempre el hada, y la
reina, y la maestra, y la poetisa y la anciana serena de mis cuentos a mi niño…

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