viernes, 3 de agosto de 2012

MAMA EN LA VIEJA FOTOGRAFÍA


Mama, he vuelto a ver aquella vieja fotografía en blanco y negro. Es un encuadre hermoso, improvisado; sois seis personas, la isla de Terreros al fondo. Y el mar; ese mar que siempre ha sido la nana tranquila de nuestras vidas. Sois seis personas: los abuelitos, los titos, papa y tú. Erais entonces más jóvenes que ahora mismo lo soy yo.

La abuelita, sentada y austera, alejada del grupo, quizás aprisionando en su corazón un millón de besos que nunca liberó totalmente. El papa, tal como era y sigue siendo, flexible, curtido de cemento y sal y meditabundo; acaso calculando la estructura de algún sueño que recubriera de ilusiones ese esqueleto desnudo de chalet que empieza a reconocerse. La tita y Paco son los únicos atentos a la cámara, los únicos. Tú, sin pretenderlo, atraes la mirada del corazón que escruta…

Y es en ese encuadre hermoso de mar y yeso, en el que tú, mama, abrazas y susurras algo a tu padre. No hay pose en ese instante en que yo sé que tu mundo y tu universo entero era el Maestro. Y a pesar del tiempo que erosiona la memoria como la ola desgasta año tras año las rocas arenosas de El Puntal, perdura en esa imagen robada al olvido una sonrisa tan dulce y plena que al verla he sentido tu esencia más pura…

¿Qué susurrabas al Maestro, madre, cuyos ojos ilusionados puedo imaginar detrás de sus gruesas gafas y su media sonrisa? ¿Qué le decías -que nos dices, madre- con ese abrazo que siempre ha sabido ser tan maternal como filial? Y aunque el susurro quedó impreso y mudo en la fotografía yo puedo imaginar mil cosas: ¿papaico, a que es precioso este chalet que está construyendo Fernando?, ponte el sombrero papaico no vayas a quemarte ¿que te gustaría que hiciera hoy de comida, papa? … También imagino en tu abrazo algo así como un querer sustraer al tiempo ese hermoso momento, pues creo que tú amas tanto la vida y a sus criaturas porque sabes serenamente que todo es contingente. Todo menos el amor que ofreces, que perdura para siempre. No olvides esto, mama, aunque no te lo diga muy a menudo. Muchos años después te vi abrazar al maestro por última vez, frotarle sus pies entumecidos y besar su noble frente, luchando a zarpazos contra esa muerte que quería arrebatártelo.

Hace más de cuarenta años eras así y hoy en nada has cambiado, mama. Me lo cuenta esa fotografía delatora de un alma tan grande que por más que yo quisiera expresarlo en palabras siempre empequeñecerían ante la simplicidad de esa imagen en la que abrazas con ternura a tu padre mientras apoyas tu cabeza en sus hombros. Y vuelvo a mirar la foto y compruebo que tu rostro es hoy el de entonces. Ahora sonríes; lo sé. ¿El mismo?, te preguntaras irónica. No, no has cambiado, madre. Tus abrazos siguen siendo igual de cálidos; tu sonrisa igual de verdadera; los cuentos y poemas que hoy escribes a tus nietos me trasladan a aquellos tiempos rebosantes de cisnes, margaritas y gatos mirando la luna que solías dibujarnos sobre un papel; me llevan a tus cartas diarias a África, tan frescas y vitales como un baño en la mar y que volvieron a ser mi cordón umbilical a una vida que me dolía. No has cambiado, madre, pues tu mirada sigue como antaño y es esa misma luz ilusionada la que veo en tus ojos cuando los miro. La misma que trasluce en el tierno abrazo al Maestro de Huitar y que resume la idea grande y perfecta que tienes del amor.

Mama, pasan los años y, a diferencia tuya, no soy muy dado a ternuras. Me sigue costando mostrar mis sentimientos; por más que sepa que tú sabes. Pero he visto la foto y he sentido la necesidad de decirte con palabras imprecisas que te quiero, que tengo los mejores recuerdos de una infancia que nos construisteis preciosa y que ojala podamos dar a nuestro hijo Alejandro tanto amor y tan bueno como tu me has dado. Sé que temes partir antes de ver a tu nuevo nieto (tus poemas a veces parecen mensajes desde el futuro) y aunque eso no va a suceder, quiero que sepas que si ocurriera tu serás para siempre el hada, y la reina, y la maestra, y la poetisa y la anciana serena de mis cuentos a mi niño…

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