Anoche
(marzo 2012) le explicaba a mi hijo algunas cosas de la Pasión. No dejaba de
preguntarme y quizás por eso tuve un sueño que reproduzco a modo de cuento:
“Hacia muy poco que habían descendido de la
cruz a Jesús y la oscuridad cubría el Gólgota. Limpiaba José de Arimatea las
heridas de su amado crucificado y entre los jirones de ropa ensangrentados que
aun le cubrían descubrió un pequeño saquito entretejido de esparto. No supo
José si debía cogerlo o dejarlo para siempre en el sepulcro. Finalmente pudo
más la veneración y optó por llevárselo.
Por
la noche, en la calma de un hogar más triste y silencioso que nunca, José de
Arimatea abrió el saquito de esparto: allí solo había un par de pequeños calcetines
y él comprendió enseguida su significado. Esa noche durmió profundamente.
Al
alba, fue a visitar a su sobrina María, la madre del crucificado. Estaba pálida
y el sufrimiento de los últimos días había hecho mella en su infantil belleza.
José de Arimatea no dijo nada, pues sabia que nada podría decir para aliviar el
desgarro de una madre que había visto morir a su hijo. Así que solo tendió sus
manos hacia las de María y depositó tiernamente en ellas los peucos que mucho
tiempo atrás tejiera para su bebe, nacido en Belén.
José
de Arimatea, quizás erróneamente, tuvo la intuición de que había muerto el Hijo
de Dios pero también un hombre que en sus últimas horas encontró el consuelo en
aquellos desgastados peucos rebosantes de calor maternal”
(Posdata:
Los niños son los maravillosos mecenas que nos obligan a recrear la historia y
a descubrir la magia que fuimos olvidando a lo largo del camino)
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