Una
vieja historia que le contó mi abuela a mi madre y ésta me transmitió a mí.
Época: primera década del siglo XX. Lugar: un pequeño pueblo de Almería.
Contexto militar de la época: la llamada de Guerra de África, en el Marruecos
español (Rift) era una verdadera sangría. Nadie quería que sus hijos fueran a
morir a ese secarral africano y quien podía pagar por no hacer mili se libraba
(redención). Sin embargo al cumplir los 19 años debían todos los muchachos pasar
por el “Sorteo de Reclutas”, que marcaría su destino (África u otro destino más
confortable). En este pueblecito había solo 2 muchachos para el sorteo. Uno era
“el tontico del pueblo”, un zagalón huérfano de escasos recursos; el otro era
hijo del “señor alcalde”. El sorteo debía ser realizado en presencia de las
fuerzas vivas del lugar, entre las que estaba el propio alcalde. Como la España de aquellos tiempos
era aún más corrupta que la actual (se que es difícil de imaginar), las fuerzas
vivas pactaron secreta y tramposamente la siguiente estratagema para que la
“suerte” eximiera al hijo del alcalde.
¿En
que consistía la trampa? Dado que solo había 2 muchachos para el sorteo, debían
prepararse 2 papeletas en las que apareciera escrito: “Para África” o “Exento”.
Sin embargo, los muy fulleros acordaron escribir en ambas papeletas “Para
África”. Por lo tanto, quien sacara en primer lugar la papeleta sacaría sin
duda el temido destino y en buena lógica ya no sería preciso sacar la segunda,
pues era evidente que sería “Exento”. Las fuerzas vivas acordaron que era
esencial que el primero en elegir la papeleta fuera el tonto del pueblo. El
alcalde se ocuparía de que así lo hiciera, usando una oratoria demagógica a la
que estaba bien acostumbrado.
Cuando
llegó el día del sorteo, toda la población se concentró en la plaza del pueblo.
Nadie quería perderse un acto que tenía mucho de funeral, pues el zagal que
tuviera que marchar a África probablemente no regresaría vivo al pueblo. Allí
estaba el alcalde, solemne y orondo, junto a las otras fuerzas vivas. Empezó su
discurso con voz trémula: que si el valor y potencia de la juventud, que si la
patria y el sacrificio, etc. Explicó entonces que en la urna de cristal había 2
papeletas: una de ellas significaba partir para África, la otra librarse de la
mili. Dado que de los dos muchachos en edad militar uno era su propio hijo, “no
quería de ninguna manera hacer uso de su privilegio como alcalde para su
cachorro eligiera primero”. En consecuencia, proponía que fuese el primero en
elegir “el pobre huérfano, a quien tantos desvelos había dedicado el
ayuntamiento”. Las fuerzas vivas asentían circunspectas sus cabezas, como
aprobando la justa e imparcial decisión del alcalde. El pueblo callaba.
El
tonto del pueblo estaba abrumado. Intentó ceder la prioridad de elección al
hijo del alcalde, pero el alcalde volvió a insistir en que “no podía permitir
que un hijo del pueblo quedara relegado, en tan sagrado momento”. Tanta fuerza
viva, tanta palabrería había obnubilado a nuestro tonto. Se vio acorralado. Se
olía algún tipo de trampa, pero no podía saber en que consistía; así que hizo
lo que le dictó el instinto de supervivencia: alargó lentamente su manaza,
eligió dubitativamente una de las papeletas y, sin dar tiempo a nadie para que
se la arrebatara, se la comió. Mientras masticaba la papeleta tuvo fuerzas para
decir “¡Yo ya he dado gusto al señor alcalde y he elegido primero; ahora le
toca a su hijo eligir y leer la papeleta! Vaya papeleta la del señor alcalde;
pues si su hijo abría la papeleta habría de salir “Para África” y si se negaba
a ello, quedaría patente ante todo el pueblo su repugnante marrullería.
No
era tan tonto el “tonto del pueblo” ¿verdad? Su elección instintiva e
improvisada fue, racionalmente, la única que podía salvarle, como así fue.
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