Hace unos años, una señora de pueblo a quien quiero muchísimo, me contaba una historia divertidísima que voy a contaros: El picapedrero nudista.
Contextualicemos primero: los sucesos acaecieron en un pueblo de la sierra interior del sur de Valencia.
Bellos parajes y muy buena gente. Sucedió hará unos cuarenta años;
digamos que a inicios de la década de los setenta. Es importante tener
presente la época pues el pudor de aquellos tiempos nada tenía que ver
con el de hoy. El marido de ésta señora, protagonista involuntario de
esta historia, era un agricultor de raza. Uno de esos trabajadores
incansables y titánicos,curtidos por la tierra en la que han trabajado desde la niñez.
Este hombre – llamémosle Miguel- había heredado unas cuantas hectáreas de montaña rocosa.
Pura roca granítica para ser exactos. Poco puede plantarse y menos aún
cultivarse en el granito. Cualquier otro mortal habría abandonado
aquellas hectáreas de roca a la naturaleza, pero Miguel no era de ese
tipo de hombre que se rinde fácilmente así que cogió un cincel
de marmolista y un buen martillo pilón y empezó a arrancar palmo a palmo
la capa de roca de medio metro que cubria su herencia. Debajo
de ella había un verdadero tesoro de tierra roja y virgen en la que
algún día – cuando arrancara el manto de roca viva que la cubría- podría
plantar unos olivos cuyos frutos disfrutarían sus hijos. No hay duda:
era otra época y otra ética del trabajo.
Así que Miguel,
al terminar su jornada laboral o durante sus periodos de descanso, cogía
su cincel y su martillo y se pasaba varias horas picando piedra. Hace
años visité ese campo e intenté arrancar unos fragmentos de piedra con
el martillo y el cincel de Miguel. La cosa no era nada sencilla y se
necesita una fortaleza y una voluntad que poca gente tiene. Un mediodía de verano especialmente caluroso, Miguel sudaba tanto que se sentía desfallecer.
Decidió despojarse de la camisa y poco después de los pantalones,
quedándose en calzoncillos. Siguió picando piedra pero dado que el sudor
y el calor le resultaban agobiantes decidió quitarse lo único que
cubría sus vergüenzas. ¿Qué más daba quedarse en pelotas si en aquellas
tierras suyas, tan alejadas del pueblo, no había ni un alma? Imaginaos ahora a Miguel: desnudo, martillo y cincel en mano, y picando piedra con la energía de quien trabaja para su estirpe.
¿No había realmente ni un alma? Quiso la fortuna, siempre caprichosa y en ocasiones traviesa, que a acudieran al campo de Miguel dos personas, justo a la misma hora y en el mismo lugar.
La primera era un vecino suyo al que acababan de operar de garganta y
la segunda la propia esposa de Miguel quien dado el calor que hacía
había ido al campo a llevarle un refresco. Repasemos la concatenación de
acontecimientos, tal cual me los contó la anonadada mujer de Miguel.
A mediodía un vecino de Miguel cuyas
tierras lindaban con las suyas había escuchado en las proximidades el
sonido de un martillo y una respiración sofocada. La cosa le había
inquietado un poco y quiso ver si se trataba de algún maleante haciendo
alguna de las suyas. Hacia pocos días le habían dado el alta de una
operación de garganta que le tendría sin voz durante una semana. El
médico le había insistido mucho en que no hablara ni emitiera ningún
sonido. Avanzó sigiloso por entre los olivares de su campo hasta llegar
al límite de las tierras rocosas de Miguel y lo que allí vio le dejó
aturdido para el resto de su vida: su vecino Miguel – hombre de austeras
costumbres y temeroso de Dios- estaba en pelota viva, golpeando con
saña la roca granítica y sudando como jamás había visto sudar a nadie.
Pudoroso, quiso alertar a su vecino de su presencia pero recordó que no
podía hablar por prescripción facultativa así que optó por hacer algún tipo de ruido
que avisara a Miguel. Pero ¿qué sonido si no podía hablar ni gritar?
Ante la tesitura, pensó que lo mejor sería palmotear con fuerza y
rítmicamente, hasta que Miguel se diera cuenta de su presencia y tuviera
a bien vestirse apresuradamente. Dicho y hecho. Empezó a palmear con
vigor, mientras Miguel –un verdadero precursor del nudismo laboral-
seguía afanado en martillear la roca que se le resistía. En ese mismo
instante, en lo más sonoro del palmoteo, la esposa de Miguel apareció portando entre sus manos un porrón de cerveza helada con casera.
Reflexionad un segundo e imaginad el cuadro que ante ella se presentaba en toda su gloria:
por un lado su marido, completamente desnudo y picando piedra con un
frenesí que a ella le hizo recordar su ya lejana noche de bodas y a
escasos metros de Miguel, su vecino de toda la vida - un hombre virtuoso
y de sanísimas costumbres- aplaudiendo a su marido con inusitado vigor
y casi, casi a ritmo de rumba…
Siempre me ha
divertido muchísimo esta anécdota, especialmente al imaginar la retahíla
de explicaciones que ambos varones habrían de dar a la aterrorizada
mujer cuando se dieran cuenta del cuadro que involuntariamente habían
representado.
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