miércoles, 30 de mayo de 2012

REDES SOCIALES Y SATURACIÓN

Existe un gran desarrollo de las redes sociales, eso es indudable. Sin embargo, no tengo aun clara la relación de cantidad con calidad. El hecho de que cualquiera pueda escribir, no significa que aumente nuestra sabiduría. Me atrevería a decir que lo que va a aumentar es la trivialización del todo y la asfixia de lo sublime bajo el peso creciente de toneladas de ladrillos.

Creo que fue Umberto Eco quien afirmó que "el exceso de información, es desinformación". Tenía razón. Hoy encuentras miles de páginas conteniendo cualquier información (lo que resulta maravilloso), pero es imposible discernir su seriedad y rigor (lo que resulta peligrosísimo). Prefiero una selecta y reducida biblioteca, probada por el paso del tiempo y con autores reconocidos a una selva enmarañada de bloggers, wikis, twitters, etc que pugnan a diario por ser “trend topic”. Hay mucho bueno en esos nuevos ecosistemas (en Perio hay significativos ejemplos), pero su crecimiento es exponencial y creo que a medio plazo será inviable digerir tanta letra, tanto mensaje efímero, tanta disección del un solo minuto de la jornada (y así, hora a hora, día a día). No se puede leer tanto aunque los mensajes estén limitados a 140 caracteres (twitter), una limitación – todo sea dicho de paso- que castra el desarrollo de ideas complejas. Kant no habría podido explicar su “Crítica de la razón pura” en twitter; ni habría aceptado que otros se lo discutieran con mensajes “cortos y divertidos”

Salvo algunas contadas excepciones de bloggers mediáticos, verdaderos sustitutivos de los viejos libros, intuyo que una gran masa de escritores "virtuales" solo serán leídos por ellos mismos y su fiel y reducida guardia pretoriana. Una especie de ipsación intelectual, pues el goce proviene de las propias ideas y no del descubrimiento a través de las de otros. Esa situación no molestara a aquel que disfrute con el simple hecho de escribir para si mismo, como sucedía con los antiguos diarios o los intercambios epistolares; pero será insoportable para quien anhele millones de lectores (“fans”: ya el nombre delata la intención) que en el fondo no tendrán interés en leerle sino en escribir su propio minuto de gloria.

A la larga, creo que la saturación de opiniones insignificantes, pobres y triviales ("las opiniones son como los culos: todo el mundo tiene una", decía Clint Eastwood), suscitará que, como el hijo pródigo, regresemos a la casa del padre para leer un buen viejo libro de los de antes. Naturalmente, se trata solo de mi opinión.

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