Hay varios prejuicios y apriorismos cuando se habla y se defiende apasionadamente "lo público",
una responsabilidad esencial del Estado democrático que -me apresuro a
indicar- yo también defiendo pues si ello no es concebible una sociedad
justa y distributiva. Sin embargo, en la defensa de lo público existen
algunas inconsecuencias que me gustaría reseñar, como celoso ciudadano
que paga sus impuestos en la esperanza de que serán bien gestionados. A
mi no me basta con que el político de turno me diga que como se trata de
gestión pública, debo mantener cerrada mi boca. Soy poco dado a
idolatrías. Revisemos algunos dogmas de fe sostenidos por los
defensores a machamartillo de “lo público” y diseccionemos sus
inconsecuencias:
Dogma 1. Lo público es intrínsecamente bueno; esto es, ha sido bendecido por los dioses para no torcer jamás su camino. Dicha perfección no solo es absoluta sino incuestionable cuando está en manos de gobiernos de izquierdas pues la izquierda, como es bien sabido, se desvive para garantizar el bienestar universal de todos los hombres (y mujeres y transexuales). Por el contrario, lo privado es malo y depredador y está envenenado con el pecado original de la avaricia y otros muchos desordenes (por ejemplo, eficacia y rentabilidad ¡espantosa palabra!).
Dogma 2. Lo público ni se crea, ni se destruye; simplemente se transforma. Es como la luz solar o la fuerza del viento, algo a lo que quizás ya estaba aludiendo esotéricamente Zapatero cuando en diciembre de 2009, en Copenhagen, recitó aquel bello haikú que aún nos estremece: “La tierra no pertenece a nadie; solo al viento”. Lo público según esta visión “energética” es brillante, cegador, fuerte y eterno. Sin embargo lo público, a juzgar por los tercos datos empíricos, no es ni eterno, ni un recurso infinito. Lo estamos comprobando dramáticamente hoy tras 7 años de haikús y lirica de religiones "new age". Lo público esta limitado a los ingresos del Estado y por su capacidad de endeudarse moderadamente. En crisis brutales como la actual (dejemos ahora quien o quienes la causaron) solo un niño mimado podría exigir seguir succionando de una teta materna que más que seca está exangüe.
Dogma 3. “Lo público no es de nadie”. En contra de ésta irresponsable visión de una líder del PSOE, de cuyo nombre no quiero acordarme[1], hay que insistir en que lo publico si tiene dueño - los ciudadanos que tributamos o desearían hacerlo - y por lo tanto hay que saber gestionarlo con prudencia, mesura, eficacia y eficiencia. Precisamente lo que durante años de alegre derroche no ha sabido hacerse, a pesar de que en las comunidades con peores resultados (sanitarios y educativos) es en donde mas se ha gastado ese "dinero público de nadie" y mas empleo publico existe (1 de 4 empleados en Andalucía y Extremadura es publico, frente al 1 de 15 de media en España). ¿Como es posible que en donde mas se ha gastado en “lo público”, los resultados (paro, escolarización, tasas de abandono...) sean tan nefastos? ¿Será que no ha sabido distinguirse entre “gasto” e “inversión”?. Al fin y al cabo, lo público no era de nadie, una especie de "res nullius" que cualquiera podía tomar y exprimir ilimitadamente.
Dogma 4. La privatización despoja al estado de sus competencias y responsabilidades para con los ciudadanos. Otra afirmación absolutamente falsa, pues la privatización no resta protagonismo a lo público, ni al Estado. Al contrario; una privatización simplemente descongestiona y racionaliza los escasos recursos públicos (es preciso insistir en la idea de “recursos escasos” para contrarrestar el dogma nº 2) y permite que el Estado (que, ojo, jamás pierde el control de lo publico como falsamente se afirma por los devotos del gasto ilimitado) pueda subcontratar con quien acredite mayor eficacia/eficiencia. Esta privatización deja al Estado las manos libres para centrarse en lo que realmente es importante (estrategia publica, evaluaciones de impacto, mejoras) y le libera de la mera gestión (un perfecto ladrón de tiempo y de recursos). ¿Es eso tan horrible? ¿Es malo que el Estado delegue la simple gestión en empresas que son mas eficientes/eficaces gestionando los recursos públicos? ¿Es malo que si prestar un buen servicio publico puede abaratarse un 30% o un 50% subcontratandolo en alguien mas eficaz no se haga por el simple hecho de cierta veneración ciega a todo aquello santificado con la etiqueta de publico?
Dogma 5. Privatizar acabara con los funcionarios encargados de la función pública. Otra falsedad descarada. Los funcionarios públicos son necesarios y un instrumento esencial para garantizar la independencia de pilares básicos del Estado. Nuestros funcionarios son, en general y en contra de leyendas negras, excelentes y han superado pruebas de acceso muy exigentes. Sin embargo, cuando se habla de empleo público conviene distinguir entre personal funcionario (oposiciones publicas, transparentes y con procesos de acceso bien claros y reglados) y personal contratado (hipertrofiado durante décadas y con formulas de acceso asaz variopintas). Una privatización racional supondría que lo que hoy realizan 100 contratados públicos (que no funcionarios) podría ser realizado con idénticos o mejores resultados por, digamos, 60 trabajadores de una empresa privada subcontratada por el Estado. ¿Es tan terrible esto? A mi no me lo parece, a pesar de que no soy ajeno al drama que probablemente supondrá para todos aquellos contratados públicos que perderán un trabajo que acaso nunca se les debió ofrecer.
Dicho todo lo cual debe quedar claro que el Estado siempre será quien defina, controle y evalúe las políticas publicas, sin dejar que el criterio económico (siendo muy importante) sea el único a considerar. Habrá aspectos educativos y sanitarios que nunca podrán ser "rentables" o al menos su rentabilidad deberá ser medida sobre la base de parámetros sociales. Otros muchos, sin embargo, podrán abaratarse sustancialmente y (¡oh, paradoja!) incrementar su nivel de rentabilidad social. Una buena gestión, sin importar si es publica o privada, es siempre la mejor manera de mejorar el servicio del Estado a los ciudadanos y de gestionar racionalmente los impuestos que tanto sacrificio nos cuesta aportar a las arcas públicas.
[1] Está bien, lo diré: Se trata de Carmen Calvo, ex ministra de Cultura del PSOE. He aquí la perla completa: "Estamos manejando dinero público, y el dinero público no es de nadie" (entrevista en ABC de 29 de mayo de 2004)
Dogma 1. Lo público es intrínsecamente bueno; esto es, ha sido bendecido por los dioses para no torcer jamás su camino. Dicha perfección no solo es absoluta sino incuestionable cuando está en manos de gobiernos de izquierdas pues la izquierda, como es bien sabido, se desvive para garantizar el bienestar universal de todos los hombres (y mujeres y transexuales). Por el contrario, lo privado es malo y depredador y está envenenado con el pecado original de la avaricia y otros muchos desordenes (por ejemplo, eficacia y rentabilidad ¡espantosa palabra!).
Dogma 2. Lo público ni se crea, ni se destruye; simplemente se transforma. Es como la luz solar o la fuerza del viento, algo a lo que quizás ya estaba aludiendo esotéricamente Zapatero cuando en diciembre de 2009, en Copenhagen, recitó aquel bello haikú que aún nos estremece: “La tierra no pertenece a nadie; solo al viento”. Lo público según esta visión “energética” es brillante, cegador, fuerte y eterno. Sin embargo lo público, a juzgar por los tercos datos empíricos, no es ni eterno, ni un recurso infinito. Lo estamos comprobando dramáticamente hoy tras 7 años de haikús y lirica de religiones "new age". Lo público esta limitado a los ingresos del Estado y por su capacidad de endeudarse moderadamente. En crisis brutales como la actual (dejemos ahora quien o quienes la causaron) solo un niño mimado podría exigir seguir succionando de una teta materna que más que seca está exangüe.
Dogma 3. “Lo público no es de nadie”. En contra de ésta irresponsable visión de una líder del PSOE, de cuyo nombre no quiero acordarme[1], hay que insistir en que lo publico si tiene dueño - los ciudadanos que tributamos o desearían hacerlo - y por lo tanto hay que saber gestionarlo con prudencia, mesura, eficacia y eficiencia. Precisamente lo que durante años de alegre derroche no ha sabido hacerse, a pesar de que en las comunidades con peores resultados (sanitarios y educativos) es en donde mas se ha gastado ese "dinero público de nadie" y mas empleo publico existe (1 de 4 empleados en Andalucía y Extremadura es publico, frente al 1 de 15 de media en España). ¿Como es posible que en donde mas se ha gastado en “lo público”, los resultados (paro, escolarización, tasas de abandono...) sean tan nefastos? ¿Será que no ha sabido distinguirse entre “gasto” e “inversión”?. Al fin y al cabo, lo público no era de nadie, una especie de "res nullius" que cualquiera podía tomar y exprimir ilimitadamente.
Dogma 4. La privatización despoja al estado de sus competencias y responsabilidades para con los ciudadanos. Otra afirmación absolutamente falsa, pues la privatización no resta protagonismo a lo público, ni al Estado. Al contrario; una privatización simplemente descongestiona y racionaliza los escasos recursos públicos (es preciso insistir en la idea de “recursos escasos” para contrarrestar el dogma nº 2) y permite que el Estado (que, ojo, jamás pierde el control de lo publico como falsamente se afirma por los devotos del gasto ilimitado) pueda subcontratar con quien acredite mayor eficacia/eficiencia. Esta privatización deja al Estado las manos libres para centrarse en lo que realmente es importante (estrategia publica, evaluaciones de impacto, mejoras) y le libera de la mera gestión (un perfecto ladrón de tiempo y de recursos). ¿Es eso tan horrible? ¿Es malo que el Estado delegue la simple gestión en empresas que son mas eficientes/eficaces gestionando los recursos públicos? ¿Es malo que si prestar un buen servicio publico puede abaratarse un 30% o un 50% subcontratandolo en alguien mas eficaz no se haga por el simple hecho de cierta veneración ciega a todo aquello santificado con la etiqueta de publico?
Dogma 5. Privatizar acabara con los funcionarios encargados de la función pública. Otra falsedad descarada. Los funcionarios públicos son necesarios y un instrumento esencial para garantizar la independencia de pilares básicos del Estado. Nuestros funcionarios son, en general y en contra de leyendas negras, excelentes y han superado pruebas de acceso muy exigentes. Sin embargo, cuando se habla de empleo público conviene distinguir entre personal funcionario (oposiciones publicas, transparentes y con procesos de acceso bien claros y reglados) y personal contratado (hipertrofiado durante décadas y con formulas de acceso asaz variopintas). Una privatización racional supondría que lo que hoy realizan 100 contratados públicos (que no funcionarios) podría ser realizado con idénticos o mejores resultados por, digamos, 60 trabajadores de una empresa privada subcontratada por el Estado. ¿Es tan terrible esto? A mi no me lo parece, a pesar de que no soy ajeno al drama que probablemente supondrá para todos aquellos contratados públicos que perderán un trabajo que acaso nunca se les debió ofrecer.
Dicho todo lo cual debe quedar claro que el Estado siempre será quien defina, controle y evalúe las políticas publicas, sin dejar que el criterio económico (siendo muy importante) sea el único a considerar. Habrá aspectos educativos y sanitarios que nunca podrán ser "rentables" o al menos su rentabilidad deberá ser medida sobre la base de parámetros sociales. Otros muchos, sin embargo, podrán abaratarse sustancialmente y (¡oh, paradoja!) incrementar su nivel de rentabilidad social. Una buena gestión, sin importar si es publica o privada, es siempre la mejor manera de mejorar el servicio del Estado a los ciudadanos y de gestionar racionalmente los impuestos que tanto sacrificio nos cuesta aportar a las arcas públicas.
[1] Está bien, lo diré: Se trata de Carmen Calvo, ex ministra de Cultura del PSOE. He aquí la perla completa: "Estamos manejando dinero público, y el dinero público no es de nadie" (entrevista en ABC de 29 de mayo de 2004)
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