Mi padre es lorquino. Nació en Lorca en 1927 y allí vivió hasta finales de los años cincuenta, momento en el que emigró a Valencia en busca de mejores opciones profesionales. Su primera y última construcción en Lorca fue un edificio bastante anodino de 4 plantas para su familia. Lo terminó de construir en los años cincuenta y fue edificado en la Avenida de los Mártires (hoy Avenida Juan Carlos I), a la sazón una avenida que llevaba directamente al centro de la histórica villa. He pasado todas las Semanas Santas de mi infancia en esa vieja vivienda y a pesar de su humildad, la recuerdo como un reducto especial de mis primeros años de vida. La casa de mis tíos Ventura y Josefina era mucho más que la suma de paredes, azulejos y pilares. Había en aquel hogar todo un mundo de recuerdos; dispersos anárquicamente entre viejos libros salvados de una entonces no muy lejana guerra, las inevitables enciclopedias, multitud de retratos, fotografías de bodas, bautizos y comuniones, los cuadros y pinturas (algunas acuarelas pintadas por mi querido tío). Todo se desplegaba mágicamente en torno a una mesa camilla con mantel de puntilla blanca. No, la casa de mis tíos no era solo una construcción de hierro forjado y piedra... Ninguna vivienda es solo eso.
En mayo de 2011 Lorca sufrió un terremoto bastante intenso para nuestras latitudes. El 17% de las viviendas de Lorca sufrieron daños estructurales y en la mayoría de los casos se trató de construcciones que tenían una cierta antigüedad (la mayoría estaban ubicadas en el "casco antiguo" de la ciudad). Sin embargo, la modesta vivienda construida por mi padre se mantuvo en pie y aparentemente, sin daños.
¿Fue casualidad? Y esta pregunta me lleva a plantearme otra, mucho más personal puesto que escribo sobre mi propio padre: ¿Como llegó a forjar su impecable reputación?
Rememoro con nostalgia mi hogar de Valencia. Es una mañana de domingo del mes de abril o de mayo de 1969. Un día brillante y soleado y los árboles y flores de La Alameda se exhiben, exhuberantes, tras las ventanas. Dentro de poco saldremos todos juntos a pasear. El salón de mi casa está abarrotado de larguísimos planos desplegados, papel vegetal, carboncillo, reglas y cartabones y veo sobre la mesa su eterna regla de cálculo. Mi hermana y yo jugamos entre aquellos largos papeles y nos partimos de risa revolcándonos bajo la mesa de calculo que para nosotros no era mesa sino castillo (¿como pudo concentrase mi padre con el barullo que debíamos organizar?).
Lo veo ahora con mucha más nitidez hablando a mi madre de sus obras, de sus discusiones con promotores desalmados (de la misma cuerda que quienes en esa misma época dejaban morir aplastadas a varias personas en Los Ángeles de San Rafael) y con empresarios que solo buscaban una rápida rentabilidad.
Veo a mi padre explicandonos con verdadera pasión por que sus chalets en la costa almeriense no invadían las zonas acantiladas, ni las playas (entonces desiertas), ni entorpecían la vista de los cerros milenarios... No tenía derecho a mancillar aquel trocito de la naturaleza. Su obra debía ser lo más discreta posible. No buscaba destacar más que un entorno natural con quien sabia que no podía ni debía competir. Era y es un apasionado de su profesión (otra característica de la excelencia) y siempre encontraba razones para explicarnos con abrumadores detalles lo difícil que había sido adaptar las diferentes terrazas de nuestro chalet al declive natural de los cerros circundantes. Así que ¡Nada de bloques de apartamentos! ¡Nada de adosados! Regirse por esos valores en la España de desarrollo desmadrado de los años sesenta no era la tónica habitual. Por desgracia, no lo es ni siquiera en la España de hoy, aunque a nivel puramente conceptual todo el mundo coincida en la necesidad de respetar el medio.
Nunca he seguido con demasiado interés la profesión de mi padre, probablemente porque me producen urticaria las matemáticas. Sin embargo, siendo yo un adolescente (o sea, hará hoy unos 30 o 35 años) leí de refilón un artículo suyo publicado en la revista del Colegio de Arquitectos. No recuerdo exactamente su contenido, pero si lo mucho que me impresionó no solo por su forma sino por su fondo. En su artículo mi padre, un matemático excelente al que rara vez he visto leer un libro que no estuviera lleno de números y gráficos, propugnaba un retorno de la técnica al humanismo. Cuestionaba la especialización -entonces muy en boga (estamos en 1973 1974)- y reivindicaba el valor de entender el conjunto, la finalidad última de una obra arquitetónica. Su pequeño ensayo mezclaba números con filosofía, claro que yo no podia saber entonces que eso era algo que también propugnaban en ese mismo siglo XX mentes tan privilegiadas como las de Hilbert, Russell, Whitehead, Wittgenstein, Weyl, Gödel,...
Mi padre sabia que una construcción era algo más que un llamativo diseño o un cemento de fraguado rápido. Sabía que en sus construcciones habrían de vivir familias que forjarían sus recuerdos entre aquellas paredes. Sabía, además, que las vidas de sus moradores dependerían de su capacidad técnica pero también de su ética profesional, de su honestidad y de sus valores. Son esos valores los que llevaron a mi padre a no emplear jamás en sus construcciones el cemento aluminoso (CAC-R) empleado profusamente en aquella época en la fabricación de algunas viguetas ya que fraguaba más rápidamente que los cementos tradicionales y reducía el tiempo y los costes de construcción. No sé que razones le llevaron a sospechar de aquel novedoso producto, pero se negó a emplearlo y con ello evitó que sus edificios sufrieran décadas después la terrible degradación producida por la aluminosis. ¿Fue quizás lo que hoy llamamos "criterio de precaución"? (o sea, si tienes dudas razonables en cuanto a la seguridad, evítalo)
Esa fórmula tan sencilla de entender y tan compleja en su aplicación ha sido la brújula que guió a mi padre durante toda su vida. Jamás se dejó avasallar en sus principios. No tuvo que resultarle nada fácil en una época en la que hablar de ética en los negocios, era sencillamente impensable, una “actitud impropia de un verdadero hombre” o una pura contradicción en los términos. Hace 22 años que trabajo, ya me he topado algunas veces con los peores impulsos que mueven al mundo y se lo complicado que resulta oponerse a ciertas corrientes. También he sabido siempre, por haberlo visto en casa, que la resistencia no es imposible y que da sus frutos. Mi padre lo hizo y por eso y por habernos sabido transmitir la importancia de la ética profesional, lo queremos y respetamos.
Hoy es un hombre mayor, de aspecto saludable y con la mirada clara de quien ha conseguido salvar lo esencial en la lucha por la vida. No nos vemos mucho, pues yo vivo en Madrid y mis padres en Valencia, y hay ocasiones en las que apenas me reconoce.. Sin embargo yo sé el gran hombre que se oculta bajo su pelo blanco y sus silencios.
He recordado a mi padre en su faceta profesional y humanística al intentar tratar de explicar como su vieja y modesta construcción en Lorca se ha mantenido en pie tras el terremoto, mientras que otras más modernas y costosas se vinieron abajo. Por supuesto, un terremoto es una fuerza de la naturaleza que no distingue el vicio de la virtud y azota por igual. Lo se, sin embargo, la ética profesional de mi padre ha vencido al terremoto.